SOBRE ESTADO Y RELACIONES SOCIALES

Una aproximación desde el punto de vista del método.

 

El objetivo de este escrito es plantear algunas cuestiones de método y enfoque sobre la vinculación entre Estado y relaciones sociales, no desde la perspectiva de un especialista en la cuestión del Estado (estoy lejos de serlo), sino desde la que brinda el estudio de la economía capitalista y del método dialéctico aplicado al análisis social.

A los efectos de plantear los problemas, partiré del debate sobre el Estado capitalista que se desarrolló hace algunos años entre la escuela de la reformulación, con sus antecedentes en la regulación y en el estructuralismo, y la corriente que se conoce como marxismo abierto. El trabajo se ordena de la siguiente manera: en primer lugar se resumen los lineamientos básicos de ambas posturas y se realiza un primer balance crítico; en segundo lugar se presentan desarrollos posteriores de autores de las corrientes enfrentadas y se argumenta que hubo un deslizamiento hacia una explicación subjetivista de los fenómenos sociales, y del Estado. Por último se plantea la necesidad de encarar la teoría sobre el Estado capitalista desde una perspectiva dialéctica, a fin de superar falsas dicotomías en que se cayó el debate en los últimos años, y que asuma la noción de totalidad orgánica social y la importancia de la lógica del capital para el análisis de las orientaciones de largo plazo de las políticas de Estado. 

 

Estructuralismo y regulación como antecedentes de la reformulación

 

Los antecedentes de la escuela de la Reformulación (en adelante ERf) remiten a Poulantzas, en particular a sus trabajos de juventud, a la escuela de la Regulación (en adelante ERg) y a la corriente de la derivación. Recordemos que la obra de Poulantzas sobre el Estado procuró ser una alternativa a las explicaciones de la Segunda y Tercera Internacional, según las cuales las instituciones y funciones del Estado estaban determinadas mecánicamente por las relaciones económicas. No es nuestro propósito reseñar aquí la obra de Poulantzas sobre el Estado, sino destacar algunos de los planteos de Poder político… que atañen a los debates posteriores.

La primera cuestión es que Poulantzas plantea que el Estado constituye una instancia regional del modo de producción capitalista, con una autonomía específica con relación a lo económico. Con esto rechaza la visión tradicional del marxismo de la relación entre la economía y el Estado, que considera al Estado como un apéndice reflejo de la economía (metáfora “base – superestructura”). En segundo lugar, y a igual que Althusser, Poulantzas rechaza la totalidad hegeliana por “simple y circular”[1]; en su visión es el modo de producción el que asigna a estos sectores sus límites y define sus elementos respectivos. Se trata de una “estructura” compleja que, en el caso del capitalismo, determina la especificidad de la separación relativa entre la economía y el Estado[2]. En tercer término plantea que el Estado capitalista juega un rol esencial en la cohesión de los diversos niveles de una formación social y es factor de regulación de su equilibrio global[3]. Por último, destacamos el planteo de Poulantzas sobre que la lucha de clases actúa como un elemento generador de compromisos (la autonomía del Estado da espacio para que éste tenga en cuenta ciertos intereses de las clases dominadas) y equilibrios (las concesiones no amenazan el poder político, que fija los límites de ese equilibrio) inestables, en la medida en que los límites de los equilibrios los fija la coyuntura política. Aunque no se trata –y Poulantzas pone cuidado en subrayarlo- de un equilibrio entre iguales de las fuerzas enfrentadas[4]. Se nota aquí entonces una tensión entre relaciones de fuerza entre las clases y estructuras económicas. Dada su importancia para el debate entre el MA y las ERg - ERf, volveremos sobre esta relación en la obra posterior de Poulantzas.  

Las ideas anteriores fueron centrales para la elaboración de la ERg cuyo punto de partida es la publicación de Regulación y crisis del capitalismo, de Aglietta. Entre los elementos significativos para el debate sobre el Estado destaquemos, en primer lugar, que la ERg sostiene que las tesis centrales del marxismo sobre el capitalismo son demasiado abstractas para comprender los desarrollos concretos que ha experimentado el sistema a lo largo de la historia. Es que, según la ERg, en los estudios tradicionales del marxismo no se establecía un vínculo suficientemente fuerte entre la teoría (las leyes generales) y el análisis empírico. Por eso la ERg construye una serie de “modelos intermedios” (surgen así las categorías de “fordismo”, “post-fordismo”) que actuarían como puentes entre la teoría general y los desarrollos históricos. En segundo lugar la ERg sostiene que existe una contradicción básica en el sistema capitalista entre la producción y el consumo que exige la intervención del Estado. Más precisamente la ERg opera con las categorías de “régimen de acumulación” y “régimen de regulación”. Con “régimen de acumulación” denota un modo de acumulación que es estable durante un lapso de tiempo prolongado, caracterizado por una organización particular de la producción en las empresas (por ejemplo en el fordismo la cadena de montaje, o los sistemas tayloristas); una distribución del ingreso entre salarios, ganancias y beneficios (por ejemplo, el sistema capitalista puede combinar una producción en masa con una distribución progresista o regresiva del ingreso entre los trabajadores); y un volumen y composición específicas de la demanda efectiva (por ejemplo la demanda puede estar impulsada principalmente por la demanda para inversiones, por la demanda de bienes de consumo durables). Así se define un patrón de crecimiento económico particular. Dado entonces que el sistema capitalista se caracteriza por las decisiones descentralizadas de los individuos, la ERg enfatiza que es imposible que el sistema económico por sí mismo compatibilice las formas de producción con las formas de distribución del ingreso y consumo, por lo cual se hace necesaria la intervención del Estado. Por eso mismo las constancias que caracterizan a un régimen de acumulación son, en buena medida, una expresión de estas mismas instancias institucionales. De esta manera la idea de Poulantzas sobre que el Estado es factor de cohesión de las diversas instancias de la formación social adquiere una fundamentación económica precisa.

Además, y a igual que sucede en Poulantzas, existe una tensión en la ERg entre el rol de las relaciones sociales y la lucha de clases que nunca termina de resolverse del todo, y afecta a la teoría del Estado.

 

La Reformulación

 

El abordaje de la ERf sobre el Estado constituye una profundización y extensión de los puntos de vista de la ERg y Poulantzas, pero enlaza también con los teóricos alemanes de la derivación. Esta última corriente, que se desarrolló en Alemania Occidental en los años setenta, procuró derivar la forma del Estado capitalista de las funciones que éste debía asumir para asegurar la reproducción del capital. En otras palabras, la derivación intentó establecer los límites y determinantes de la acción del Estado partiendo de la lógica del capital, o de la mercancía.

A pesar de que la derivación representaba un avance con respecto al impasse en que había caído la discusión sobre el Estado entre la perspectiva “instrumentalista” de Miliband y el estructuralismo[5], fue criticada por brindar un enfoque funcionalista sobre el Estado capitalista; esto es, por sostener que todo lo que hace el Estado lo hace porque es funcional al capital (o a la producción mercantil). Así, al decir de Bonefeld y Holloway, la derivación  interpretaría “la acción del Estado como una simple expresión de las necesidades del capital”[6]. Es por esta razón que ya de manera temprana autores de la derivación tomaron distancia de una visión funcionalista del Estado[7]. En este distanciamiento se nutrieron de los trabajos de Poulantzas y de la ERg, dando lugar a una nueva síntesis, la ERf. La ERf puso especial cuidado en destacar que el Estado es sólo una forma “particular” de la relación del capital, y que sus acciones no podían ser entendidas como una respuesta directa y mecánica a las necesidades de la acumulación; tanto el Estado como la acumulación, se sostuvo, deben ser entendidos en términos de la lucha de clases. También, y en correspondencia con el énfasis de la ERg en el rol del particular con respecto a las leyes generales del capital, la ERf sostiene que “no hay un sujeto global, trascendente, que por sí solo determine la lógica del desarrollo capitalista”[8]; esto es, no existe lógica alguna del capital que domine el proceso tendencial del desarrollo. Plantea por eso el carácter hasta cierto punto contingente, no intencional, del surgimiento de los regímenes de acumulación y regulación, aunque acentúa el carácter limitante, o facilitante, de las estructuras para el desarrollo y éxito de las estrategias desplegadas por las clases sociales (o sus fracciones) y de sus luchas:

...las estrategias de clase nunca pueden ser puramente voluntaristas. Para entender cómo se reproduce el capitalismo a pesar de estas contingencias complejas, debemos examinar tanto la inercia institucional como la selectividad estratégica que se inscriben en los regímenes de acumulación, los modos de crecimiento y los modos de regulación específicos[9]. 

La ERf también buscó elaborar los aspectos políticos e institucionales sobre el Estado que la ERg habría dejado sin analizar. En este respecto intentó superar la división entre estructura y lucha de clases, entre objeto y sujeto, a partir de la influencia recíproca e interacción entre estructura y estrategias. Según esta visión las estructuras permiten a los sujetos sociales un rango de acciones posibles, pero no determinan directamente los resultados. De esta forma la realidad social se conforma a partir de la articulación de múltiples secuencias causales que provienen de las distintas instancias, política, económica, cultural; los fenómenos históricos son el producto complejo de muchas determinaciones. Como explica Hirsch (1994), la implementación de una estructura de acumulación es siempre el resultado de las acciones contradictorias y estructuralmente determinadas de los grupos y de las clases sociales; siendo entonces las crisis sociales, en este marco, un vehículo para la reconstrucción de la sociedad y para que el proceso de acumulación pueda continuar sobre una nueva base social. En esta visión el Estado, y sus formas particulares, aparecen como una síntesis totalizadora de un conjunto de compromisos entre diferentes sectores sociales.

 

Las críticas del “marxismo abierto

 

Bonefeld, Holloway y otros representantes del MA plantearon un ataque frontal a la ERg y la ERf. Sostuvieron que estas corrientes brindan una visión estructuralista y funcionalista del mundo y del Estado, en tanto la dominación del capital se realizaría según una lógica impersonal, en la cual la lucha de clases realmente no cuenta. Incluso la lucha de clases, sostiene el MA, sería un componente funcional del desarrollo del capitalismo si, como sostiene Aglietta, los períodos de intensa creación implicados por las transiciones a nuevos modos de acumulación derivan en estructuras regulativas adecuadas al funcionamiento sin fricciones del capital. En consecuencia, y frente a la dicotomía sujeto-objeto y a la preeminencia de las estructuras que postularían la ERg y la ERf, Bonefeld y Holloway presentan una alternativa aparentemente radical, al afirmar que todo es lucha de clases, subjetividad alienada y poder del trabajo enajenado (o mistificado). El capital es poder del trabajo enajenado y lucha de clases[10], y las estructuras no son sino formas en que se manifiesta esa sustancia del capital. Por lo tanto el poder del trabajo está también en el centro mismo de la comprensión del Estado. No hay determinismo alguno y sólo cabe hablar de ritmos y tendencias en el movimiento de lucha. La sustancia, el poder del trabajo, sostiene el MA, desborda constantemente a la forma y la obliga a reconstituirse porque en esencia es incontenible. El futuro está indeterminado, porque depende del resultado de una lucha siempre renovada, nunca cerrada. Así, y en última instancia, el MA respondía a la ERg y a la ERf con un reduccionismo político, al sostener que todo se reduce, en esencia, a la lucha de clases.

En lo que hace específicamente al análisis del Estado, el MA se ubicó en un planteo abiertamente “relacionista”. En palabras de Holloway,  es necesario entender al Estado “no como una cosa en sí, sino como una forma social, una forma de relaciones sociales”[11]. La idea enlaza con una perspectiva metodológica general, ya que sostiene que a igual que en la física no existen separaciones absolutas (la energía se puede transformar en masa y la masa en energía), en la sociedad no hay categorías rígidas:

Pensar científicamente es disolver las categorías del pensamiento, entender los fenómenos sociales precisamente como tales, es decir, como formas de relaciones sociales[12].

Plantea que las relaciones sociales son “fluidas, impredecibles, inestables”, pero “se rigidizan en ciertas formas que parecen adquirir su propia autonomía”. El Estado sería entonces una forma rigidizada, o fetichizada, de relaciones sociales. Pero además esta rigidización nunca está acabada, ya que se trata de un “proceso que se repite todo el tiempo”[13]. De manera que el Estado estaría doblemente disuelto, ya que no es una estructura sino una forma de relaciones sociales, y no es una forma de relaciones sociales totalmente fetichizada, sino

…un proceso de formar –o fetichizar- las relaciones sociales y por consiguiente un proceso constante de auto constitución[14].  

Fue entonces desde esta perspectiva que los teóricos del MA criticaron a la ERf por ubicar al Estado como centro funcional a la reproducción del capital, y no como centro de la represión y organización de la presencia del trabajo dentro del capital[15]. El Estado quedó reducido así a “lucha de clases”[16].

 

Un primer balance crítico

 

Algunas primeras observaciones pueden hacerse con respecto a lo planteado hasta aquí. En primer lugar, y con respecto a los enfoques de la ERg y la ERf, parece claro que en ambas escuelas se registra un deslizamiento hacia el multicausalismo ecléctico –todas las instancias parecen tener la misma importancia- en la explicación de los fenómenos sociales, y de los Estados y sus políticas en particular. El problema que plantea este multicausalismo lo podemos formular de la siguiente manera: ¿Cómo llegan a surgir las instituciones estatales necesarias para que funcione adecuadamente un “modo de regulación” acorde con el “modo de acumulación”? Es que si el modo de acumulación es expresión del modo de regulación estatal, ¿cómo se instaura un modo de regulación que sea expresión de las necesidades específicas del modo de acumulación que todavía no ha nacido? El problema se acentúa porque la ERg y la ERf afirman que nada determina el surgimiento de un modo de regulación, y que éste es en última instancia una creación libre de la lucha de clases. Dicho en otros términos, cuando se produce una ruptura entre régimen de acumulación y modo de regulación –que da lugar a una crisis “estructural”- la transición hacia otra forma desarrollo (hacia otro régimen de acumulación y modo de regulación estatal) no está determinado por ley objetiva alguna que emane del modo de producción capitalista, sino es el producto de una creación genuina[17]. Las formas estatales serían entonces el resultado de conflictos y/o compromisos entre las clases sociales que, al menos durante sus períodos de gestación, no anclarían en determinación objetiva alguna. Pero entonces las formas estatales esenciales serían un producto de la mera contingencia, que por otra parte podría prolongarse (¿cuánto lleva ya la “transición” desde el fordismo a…?) durante décadas.

Por otra parte, y dado que la ERg y la ERf (aunque con matices en Hirsch) rechazan operar con las llamadas categorías “abstractas” o “leyes generales” del capitalismo, y dada la importancia de las especificidades de los regímenes de acumulación/regulación, parece desprenderse una imposibilidad (¿o inutilidad?) de elaborar una teoría general sobre el Estado capitalista. En este respecto hay que señalar que, a pesar del peso que le dan a las instituciones, estas corrientes no poseen una teoría sobre el Estado. Sus consideraciones sobre la materia devienen en una enumeración de “casos particulares” (Estado fordista, post-fordista, neo-fordista, acordes con los regímenes de acumulación); pero una enumeración no conforma una teoría.

En lo que respecta al MA, incurrió en un reduccionismo –“todo es lucha de clases”- incapaz de dar cuenta de la realidad del capitalismo. Aquí el problema se origina en la concepción del MA del fetichismo de la mercancía y del capital, y más en general de la relación dialéctica entre forma y contenido. Esto queda particularmente claro en Holloway, que concibe a las formas sociales cosificadas como apariencias sin consistencia, y en permanente “hacerse”; o sea, condenadas a mantenerse perpetuamente como procesos abiertos e inestables. Pero esto no es cierto; las formas, empezando por la forma mercancía y la forma valor, en la sociedad capitalista tienen consistencia en la medida en que los trabajos humanos se comparan regularmente a través de esas mismas formas y están determinadas por la misma estructura social (propietarios privados de los medios de producción). Por eso, y en tanto la venta del producto es la única forma de convertir el trabajo privado en trabajo social, la cosificación es un hecho establecido. Dicho en términos de la dialéctica hegeliana, el devenir “está aquietado” –en esto consiste precisamente el surgimiento de “lo determinado”- y sólo el cuestionamiento crítico revolucionario podrá subvertirlo[18].

Para ver este problema más claramente, examinemos el planteo de Holloway en su último libro, sobre que la producción de plusvalor ya no puede ser el punto de partida del análisis de la lucha de clases porque

…la explotación implica una lucha, lógicamente previa, por convertir la creatividad del trabajo alienado, por definir ciertos aspectos como productores de valor[19].

Según esta idea entonces la explotación capitalista es también un incesante “rehacer”. Pero esta tesis no se comprueba empíricamente. Es que el capital no tiene que “luchar” previa y cotidianamente por hacerse de los medios de producción porque la propiedad privada está presupuesta (presupuesto que remite a la historia de las relaciones sociales, pero es lógicamente previo a la extracción de plusvalía) y el capital reproduce este presupuesto en escala siempre creciente (tendencialmente), en tanto subsista el supuesto establecido. Insistimos, dado que las relaciones sociales en el capitalismo están cosificadas, el sistema se auto-reproduce (esto es, produce sus propios supuestos). Por esta razón tampoco se trata de un proceso sin determinación.

Por último destaquemos que, a pesar de la aparente distancia entre la ERg y la ERf, y el MA, ambas posturas coinciden en un punto esencial: niegan la existencia de una lógica del capital. Esto es, la tesis sobre la que se basó la crítica del MA, a saber, que la ERg y la ERf afirmarían la existencia de una “lógica del capital”, fue rechazada explícitamente por estas escuelas. Por lo tanto, y a los efectos del análisis concreto de la situación abierta a partir de la crisis del “fordismo”, las diferencias entre la ERg y la ERf con el MA no parecen ser tan radicales.

 

Desarrollos del estructuralismo, la ERg y ERf 

 

Sobre la base de lo dicho antes no es de extrañar que las posiciones estructuralistas, de la ERg y la ERf se desarrollaran en una perspectiva crecientemente subjetivista, a pesar del “objetivismo” que les criticaba el MA. Ya en las elaboraciones posteriores a Poder político… Poulantzas terminó poniendo el énfasis en las relaciones de fuerza entre las clases, no asentadas en definitiva en estructura alguna. Si bien sostuvo todavía que el Estado tiene límites estructurales a su accionar, determinados por las relaciones de clase, estas relaciones son concebidas como relaciones de poder y de lucha, y el Estado exclusivamente como condensación de las luchas:

Si las luchas mantienen siempre la primacía sobre los aparatos se debe a que el poder es una relación entre luchas y prácticas… a que el Estado, en particular, es la condensación de una relación de fuerzas, precisamente de las luchas[20].

De ahí también que la tensión entre estructura y lucha de clases se vaya inclinando progresivamente hacia el lado de la lucha de clases en cuanto a una supuesta capacidad para transformar el accionar del Estado “desde adentro”, para postular finalmente la posibilidad de una vía democrática al socialismo desde el mantenimiento de un Estado “antimonopolista pero capitalista[21]. La constricción de la relación capitalista para el avance al socialismo desaparece así en el último Poulantzas.

En lo que respecta a autores representativos de la ERg, Aglietta rápidamente se inclinó hacia una concepción metodológicamente individualista de la economía. En Aglietta y Orléan (1990) el individuo se convierte en el principal objeto de estudio y los factores discursivos, las rutinas, hábitos y estilos de vida pasan a ser los vehículos de su socialización, en lugar de las relaciones de producción[22]. Más significativa todavía es la evolución de Lipietz, autor que se ubicaba en los setenta en la izquierda de la ERg. Su exaltación de los mecanismos institucionales reguladores, que permitirían una reproducción armónica del capitalismo, desembocó en una visión politicista y subjetivista del capitalismo y de las formas de Estado que emergerían luego de la crisis del fordismo. Así es que Lipietz –junto a Leborgne- planteó, a comienzos de los noventa, que se asistía a una batalla de proporciones mundiales “entre dos vías de salida del fordismo”, el neo-fordismo, encarnado por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, y el post-fordismo, defendido por Japón, Alemania Occidental y los países escandinavos. El primero representaba la salida regresiva de la crisis, el segundo la salida progresista porque era la propuesta de un “compromiso mutuamente ventajoso” para el capital y el trabajo. El neo-fordismo estaba, según Leborgne y Lipietz, en retroceso “frente a las economías victoriosas” (sic, énfasis nuestro) de Japón, Alemania Occidental y los países escandinavos. Cada uno de estos modelos de desarrollo sería un “auténtico hallazgo”, resultado de un proceso de aprendizaje socio político en el que confrontaban las soluciones en conflicto. En este marco lo determinante sería la negociación, y las batallas políticas y culturales por el “modelo” de capitalismo preferido por cada una de las grandes fuerzas enfrentadas a nivel mundial:

El campo de la negociación es pues el que será determinante y será objeto de una gran lucha política y cultural[23]. 

El sesgo subjetivista y voluntarista no podría expresarse más claramente; la constricción de las relaciones sociales parece ser superable –por lo menos en sus efectos terribles para los trabajadores y las masas populares- a partir de la lógica de la argumentación y las habilidades negociadoras de las partes.

En cuanto a la ERf, ya Jessop planteaba en el debate con el MA que

…las actividades del Estado son determinadas en primera instancia por consideraciones políticas y no necesitan coincidir (ni siquiera en última instancia) con las “necesidades” de la economía[24].

Y articulaba su explicación de las tendencias del capitalismo sobre la noción de “estrategias de clase”, sin sustento en leyes o tendencias objetivas del sistema. Más compleja, sin embargo, fue la posición de Hirsch. Como hemos señalado, Hirsch dio importancia a una ley general del capitalismo, la ley de la tendencia decreciente de la ganancia, lo que origina en sus escritos una tensión entre los impulsos sobre el Estado que derivan de la lógica capitalista frente a las crisis (como fenómeno objetivo), y la negación, por parte de Hirsch de que exista alguna “lógica inevitable del capital”. Este problema se puede advertir en Hirsch (1997), donde por un lado explica que la tasa de ganancia estuvo en el centro de la crisis capitalista de los setenta, y que la globalización fue una “estrategia del capital”[25], y al mismo tiempo sostiene que la globalización fue una “estrategia política” y no “un mecanismo económico objetivo”[26]. Pero la “estrategia del capital” está dictada por la lógica de la valorización y de la competencia; lo que se traduce en políticas de Estado, las cuales implican, necesariamente, una estrategia de lucha de clases. Esto demuestra, a pesar de Hirsch, que existe una primacía de la relación capitalista objetiva (el “universal”) sobre la política y las instancias estatales. Anotemos, por otra parte, que en la lógica del capital no opera sólo la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, sino también la tendencia a la formación de un mercado mundial. Por esta razón el impulso al movimiento internacional de mercancías, dinero y capitales no debe entenderse como el resultado de una “decisión” más o menos contingente, o como una estrategia dictada sólo por la crisis “del fordismo”, sino como un aspecto inherente a la noción misma del capital[27].

 

Subjetivismo y voluntarismo en Holloway

 

En lo que hace a Holloway, ha terminado en una posición subjetivista extrema. En sus trabajos recientes sostiene que “el capital nos domina a través del proceso de definición”; que “[e]l poder opera a través de la definición, de la clasificación”; que por lo tanto “la revolución es necesariamente una revolución en contra de las definiciones”[28]. La relación de propiedad privada sobre los medios de producción, mediante la cual el capital domina y obliga a los desposeídos a vender (o intentar vender) su fuerza de trabajo, la reemplaza Holloway por “la clasificación” y la “definición”, esto es, por una dominación lógico-lingüística. El grito, el “no”, se transforma así en la fuente del movimiento revolucionario:

El grito, el NO, el rechazo que es parte integral de vivir en una sociedad capitalista: ésta es la fuente del movimiento revolucionario[29].

Esto es, la fuente del movimiento no son las contradicciones objetivas del sistema mercantil capitalista, sino la actitud individual, ya que el antipoder, el antídoto del poder, estaría presente “en nosotros” (en lo subjetivo), porque el capital “depende de nosotros”. Conclusiones “políticas” que están reñidas con la más elemental evidencia empírica (¿qué trabajador real no sabe que la relación de dominación capitalista no se “niega” realmente diciéndole “no” al capital, o negándose a la definición?). Por otra parte el conflicto entre las clases sociales no es un conflicto entre grupos sociales, sino

…es un conflicto entre la práctica social creativa y su negación, entre la humanidad y su negación, entre la trascendencia de los límites (creación) y la imposición de los límites (definición)[30].

Dejando de lado el tema de los límites, la determinación y las creaciones[31], obsérvese que la “negación” del capital, según Holloway, se podría reducir a la “creación” de contar chistes, hacer fiestas y escribir poesías o graffiti para expresar la negatividad frente a la explotación… y transformar el mundo sin preocuparnos por la toma del poder. De todo esto no puede deducirse más que hostigamientos subjetivos y atomísticos a la dominación del Estado y de un capital cada vez más globalizado, que opera con una lógica cada vez más unificada[32].

 

Intervalo crítico sobre la toma del poder y los errores de los revolucionarios

 

Así como Holloway redujo la complejidad de los fenómenos sociales a “lucha de clases”, también redujo el fracaso de la “vieja izquierda” al fracaso de una idea, de una lógica, la que “identificaba el cambio social con la toma del poder estatal”[33]. Dadas las limitaciones que impone este trabajo, sólo nos limitaremos a unas pocas observaciones críticas sobre esta tesis.

En primer lugar, habría que demostrar cuál es la vinculación interna entre la perspectiva de la toma del poder y los problemas y fracasos de la izquierda. Holloway se limita a decir que orientar los procesos hacia el Estado implica reproducir las estructuras estatales dentro de los movimientos. Pero no demuestra la vinculación interna, la razón de ser, de la conexión que establece. ¿Se trata acaso de un contagio mimético? Y si es así, ¿por qué sucede?

En segundo lugar, no es correcto decir que en general y siempre la izquierda revolucionaria pensó que todos los problemas se resolvían tomando el poder del Estado. Sí es cierto que –en buena medida producto de la tesis del monopolio- en los escritos de Lenin (también en Hilferding) previos a la toma del poder se advierte un excesivo optimismo sobre las facilidades para transformar la sociedad en un sentido socialista a partir de la expropiación de los grandes bancos y empresas. Sin embargo desde 1918 en adelante los bolcheviques, y Lenin en particular, fueron conscientes de que el manejo del Estado estaba lejos de resolver los problemas. Por ejemplo, cuando la Nueva Política Económica Lenin intervino en el XI Congreso del Partido Comunista refiriéndose a los “4.700 comunistas… responsables de esta gran máquina burocrática”, el Estado, que sin embargo eran “conducidos” por fuerzas extrañas[34]. Existe aquí una concepción del Estado que no se reduce a “Estado instrumento”, sino es también relacional (véase infra sobre una concepción dialéctica entre relación/instrumento). Por otra parte, cuando luego de la muerte de Lenin miembros del alto mando del Ejército Rojo le propusieron a Trotski dar un golpe de Estado contra Stalin, Trotski se negó argumentando que la toma del poder no podría torcer un rumbo que estaba dictado por poderosas fuerzas económicas y sociales. Podríamos dar otros ejemplos que muestran que muchos revolucionarios, que jugaron roles relevantes, no pensaron que todo se solucionaba tomando el poder.

Pero además, y en tercer lugar, existe un caso histórico que demuestra que la solución de Holloway, no tomar el poder, puede tener consecuencias nefastas. Se trata de la experiencia de Cataluña de 1936. Entre el 18 y 20 de julio de 1936 los trabajadores de Barcelona derrotaron a las fuerzas fascistas que se habían sublevado contra la República. Al término de esa lucha la ciudad, de hecho, era de los obreros, liderados por los dirigentes anarquistas, Durruti y García Oliver, al punto que Companys les ofreció administrar Cataluña. El 23 de julio los anarquistas se reunieron en un Pleno regional de la CNT y la FAI para decidir qué hacer. Hubo entonces dos posiciones: la de García Oliver, acompañado por algunos sectores obreros, que planteaba terminar la revolución iniciada; para lo cual era necesario no dejar la dirección del Estado en manos de otros, sino tomar las riendas para implantar el comunismo libertario. La otra posición, defendida por Abad de Santillán, Federica Montseny y otros representantes de la derecha anarquista, sostuvo que la conciencia anarquista no permitía tomar el poder, y que el pueblo en armas seguiría por sí mismo la vía revolucionaria. Esta última posición –la que Holloway dice que nunca tuvo la izquierda- triunfó en ese Pleno del 23 de julio, y con ella, como dice García Oliver, se dio un  viraje decisivo hacia la derrota de la revolución. Incluso como nadie podía desconocer que había que enfrentar a los fascistas, los anarquistas finalmente se vieron obligados a integrar el Comité de Milicias, que se constituyó en el embrión para reconstituir el Estado burgués, descompuesto por la revolución[35]. En definitiva, si bien no todo lo resuelve la toma del poder, sin toma del poder por los revolucionarios las fuerzas de la burguesía siempre tendrán recursos para reconstituirse y salir de las situaciones desesperadas. Como bien sostiene Ollman –quien no niega la validez parcial de los enfoques relacionistas sobre el Estado- el punto de vista del Estado

…como un instrumento de la clase dominante y una arena de la lucha de clases prevalece en los períodos de rápido cambio social[36].

 Todo esto muestra, además, que la cuestión del porqué de las derrotas del socialismo en el siglo 20 no puede ser respondida con fórmulas y visiones reduccionistas y mecánicas como la que propone Holloway.

 

Capital y teoría del Estado

 

En lo que sigue, y frente a los enfoques a los que hemos pasado revista, planteamos la necesidad de un cambio en el análisis, apoyado en planteos que hemos desarrollado más extensamente en otro lugar[37], y que aquí esbozamos de forma sintética.

En primer lugar, retomamos la idea de “totalidad orgánica”, planteada por Marx en los Grundrisse y otros textos, tributaria a su vez de la concepción de totalidad de Hegel, que por otra parte está lejos de ser una totalidad circular simple, como pensaron los althusserianos. Esta idea es subrayada por Burnham, un autor que se inscribe en el MA, cuando sostiene que debe entenderse al Estado, así como otras formas sociales, a partir de la totalidad “que Hegel reúne en el término de sociedad civil”[38], esto es, a partir de una comprensión de la sociedad capitalista “holística y orgánica”[39]. Esta totalidad, el “universal”, que debería constituir en nuestra opinión el punto de partida para el análisis del Estado, es el capital entendido como una totalidad social; es a partir de aquí que debe comprenderse también a la sociedad burguesa como una forma “compleja y desarrollada” de organización de la producción[40]. De manera que la relación capitalista puede considerarse como totalidad[41] y al capital como la potencia que “pone” las relaciones, que genera los órganos de la totalidad (la vida social) y los subordina a la finalidad de valorizar el valor:

Si en el sistema burgués acabado cada relación económica presupone a la otra bajo la forma económico-burguesa, y así cada elemento puesto es al  mismo tiempo supuesto, tal es el caso con todo sistema orgánico. Este mismo sistema orgánico, en cuanto totalidad tiene sus supuestos, y su desarrollo, hasta alcanzar la totalidad plena consiste precisamente [en que] se subordina todos los elementos de la sociedad, o en que crea los órganos que aún le hacen falta a partir de aquélla. De esta manera llega a ser históricamente una totalidad[42]. 

Esto implica superar la concepción de la mera “interacción” entre las partes, con la que el estructuralismo “superaba” el economicismo determinista. Si bien la interacción nos brinda un punto de vista más elevado que el del determinismo mecánico, y por eso aparece ya en los organismos complejos, todavía cada uno de los polos que interactúan “nos aparece como un inmediato”, como un elemento “dado” en sí mismo[43]. De ahí las dificultades que tuvo el estructuralismo poulantziano para definir en qué consistía la “autonomía relativa” de la instancia estatal con respecto a lo económico que conformaba la totalidad articulada del modo de producción capitalista. Es necesario entonces superar la figura de la interacción para entender que cada una de las partes inter-actuantes “son momentos de un tercero”[44] que no es otro que “la vida” del todo orgánico. Este “tercero” que engloba, entendido como despliegue de la relación capitalista, es por otra parte el que mantiene la cohesión interna del modo de producción capitalista a través de los procesos de reproducción ampliada del capital[45]. 

En segundo término, y vinculado con lo anterior, la totalidad debe abordarse en tanto totalidad articulada y compleja: por un lado el universal media a las partes, ya que el capital es la sustancia en la que existe y se desarrolla el Estado; el Estado no puede ser sino capitalista. Incluso por eso en el funcionamiento de las instituciones estatales se introducen “naturalmente”, y de forma creciente, los criterios de “eficiencia” y racionalidad capitalistas. También ésta es la razón por la cual, tendecialmente en la medida en que se profundiza la acción de la ley del valor, las empresas estatales de servicios públicos, o bien se administran siguiendo los dictados del mercado –de la ganancia- o bien son tomadas directamente por el capital, en tanto éste ha adquirido el poder necesario para asumir bajo su mando las grandes inversiones implicadas (obras de infraestructura, ferrocarriles, agua, telecomunicaciones, etcétera). Insistimos entonces, el capital, en tanto es el universal en que se desenvuelve el Estado, lo media activamente. Pero a su vez el capital también es mediado activamente por el Estado, ya que si el capital es una relación social de producción basada en la propiedad privada, esta última está mediada por la instancia político-jurídico estatal, sin la cual no podría funcionar regularmente. No se trata entonces de una relación “externa” entre instancias “relativamente autónomas”; pero tampoco es una relación donde “todo” es idénticamente relación capitalista (y ésta es sólo “lucha”) como llega a sostener el MA.

Desde este punto, y en tercer término, se podrían superar algunas de las falsas dicotomías en que ha caído muchas veces el debate acerca del Estado, más propias del “entendimiento” que se mueve con separaciones y dicotomías rígidas, que del movimiento dialéctico

…en el cual [los] términos, que parecen absolutamente separados, traspasan uno al otro por sí mismos, por medio de lo que ellos son, y así la presuposición [de su estar separados] se elimina[46].

Así sucede, por ejemplo, con la separación rígida que se ha establecido entre sujeto y objeto, separación que recorre el debate que hemos examinado. Para explicar nuestro planteo, tomamos la noción del capital. Como es sabido, el capital es valor en proceso de valorización, de manera que “el fin” atañe a su naturaleza más profunda. Es un fin que existe como propósito, como estrategia y voluntad del capitalista. Este es por lo tanto el aspecto subjetivo de la noción del capital, y en este sentido decimos que el capital es sujeto, está poseído de auto movimiento; y es identidad, constante retorno al punto de partida –al dinero-, movimiento por el cual toma conciencia de su propia valorización. Pero el fin sin medios objetivos no es más que propósito abstracto, idea sin posibilidades de concretarse. Por eso el capital se particulariza en dinero, mercancía, medios de producción, trabajo vivo (= capital variable en el proceso de producción), de nuevo mercancía y dinero. Y éste es el lado de lo objetivo, de la pluralidad que no estaría organizada sin el momento de la subjetividad (el fin unifica). Por lo tanto existe una identidad entre lo subjetivo y lo objetivo, al tiempo que se mantienen diferentes; ambos polos se unen en la vida del capital, en su movimiento. No existen como entidades separadas, y la discusión “o bien, o bien”, es metafísica pura. Así la naturaleza dialéctica  de las categorías nos muestra que ellas tienen su verdad en su unidad, en el movimiento que las engloba.

De la misma manera se podría superar la dicotomía rígida entre el enfoque exclusivamente “relacionista” del Estado (el Estado es relación y sólo relación), o “sustantivista” (el Estado es aparato de represión, instrumento de la clase capitalista). Estos puntos de vista, aparentemente contradictorios, representan aspectos del mismo fenómeno. Es que el Estado se debe entender tanto como una relación –todo en definitiva es en alguna medida relación- como también es “relación hacia sí”, tiene hasta cierto punto “sustancia propia” (las instituciones, las fuerzas armadas, las instancias jurídicas, etcétera). Si se absolutiza este último aspecto se llega a la conclusión que el Estado es mera sustancia autosuficiente, una entidad “en sí”; pero si se absolutiza el aspecto relacional, se saca la conclusión errónea de que las instituciones y las formas no importan. En última instancia esto lleva a pensar que las formas del Estado pueden ser acomodadas y modificadas según relaciones de fuerza circunstanciales[47].

Por último, y en cuarto lugar planteamos encarar el estudio del Estado desde el punto de vista de que efectivamente existe una lógica del capital. Esto es, contra lo que han afirmado la ERg, la ERf y el MA, sostenemos que existen leyes objetivas del sistema capitalista a partir de las cuales se pueden comprender sus tendencias; por ejemplo, a la concentración del capital, a la formación de un mercado mundial, al reemplazo del trabajo vivo por el trabajo muerto. Se trata de impulsos que derivan de lo que Marx llamaba “la estructura interna” de la sociedad capitalista[48]. Esta lógica deriva de la misma conformación del capital. Es que el universal, el capital, sólo existe a través de los múltiples capitales en competencia. Y es precisamente la competencia la que actúa como un látigo sobre cada capital, incitándolo a ir hasta el final en la explotación del trabajo, so pena de perecer[49]. De esta manera las tendencias del conjunto se efectivizan a través del movimiento de los capitales singulares. La tendencia no existe entonces como un sujeto trascendente (como alguna vez objetó Jessop), sino es un resultado de los capitales en competencia entre sí, y de la explotación sobre el trabajo. Precisamente el “olvido” o minusvaloración del universal (y de la manera en cómo actúa la competencia) para abocarse a la elaboración teóricamente abstracta de las “teorías particulares” –sobre el “fordismo”, “post-fordismo”, etcétera- llevó a pensar en la posibilidad de regímenes capitalistas en los cuales se pudieran imponer salidas concertadas a la crisis capitalista, a partir del “involucramiento democrático” del trabajo en las problemáticas de la valorización del capital.  

 

Objeciones probables y respuesta

 

Antes de abordar las conclusiones quisiéramos responder brevemente a algunas de las objeciones que con mayor frecuencia se dirigen contra quienes subrayamos la primacía de la lógica del capital y del punto de vista de la totalidad orgánica para el estudio del Estado actual.

En primer lugar, está la crítica sobre el “funcionalismo” que encerraría nuestro enfoque. El “cargo” de “funcionalista” se ha convertido en una especie de espantapájaros, cuya sola mención parece descalificar una explicación social. Al respecto lo único que podemos decir es que en sí misma la acusación de “planteo funcionalista” no significa mucho, dado que estamos hablando precisamente de totalidades en las cuales –véase el pasaje de los Grundrisse antes citado- muchísimos elementos cumplen “funciones” determinadas por las relaciones de producción predominantes. Por ejemplo el dinero cumple las funciones de medida de valor, medio de cambio y medio de pago precisamente porque en la base de la sociedad existen contradicciones que engendran las formas en que estas contradicciones “pueden moverse”[50]. Por supuesto esto no implica afirmar que las relaciones económicas determinan que siempre el dinero cumplirá esas funciones; por ejemplo, durante una hiper inflación el dinero no cumple muchas de sus funciones. Pero de aquí no se debería concluir que las funciones del dinero –y su misma existencia- no se deban explicar a partir de las relaciones sociales predominantes. Algo similar ocurre con el Estado; su naturaleza y funciones no se pueden explicar si no es partiendo de la totalidad, la relación capitalista. Lo cual no implica sostener que todo lo que hace el Estado lo hace porque es funcional al capital; pero sí implica afirmar que las políticas, y funciones esenciales que asumen tendencialmente los Estados capitalistas están orgánicamente vinculadas con las leyes del capital.

En segundo término está la objeción –en la que insiste el MA- sobre la “lucha de clases”. “¿No dejan ustedes, los partidarios de la ‘lógica del capital’, la lucha de clases en un segundo plano?” “¿Acaso la lucha de clases no tiene incidencia?”

La respuesta frente a esto es que sí, que efectivamente la lucha de clases “incide”, ya que la actividad de los sujetos y las clases sociales media activamente la relación entre el Estado y el capital. Pero nunca hay que olvidar que a su vez las clases sociales también son mediadas por el capital (y el Estado), y en consecuencia, y en tanto subsista la relación capitalista (y su Estado), la lógica del capital tenderá a imponerse. En particular la lógica capitalista de salida de las crisis, que implica la desvalorización del trabajo, la concentración de los capitales, la subsunción creciente de las fuerzas productivas bajo su mando, es inmanente a la relación de explotación asalariada. Esto significa que las famosas “transiciones” –del fordismo al post-fordismo o al neo-fordismo, etcétera- no son “creaciones libres”, como pretenden la ERg y la ERf; ni tampoco están “indeterminadas”, como sostiene el MA. En la medida en que la lucha de los explotados no acabe con la propiedad privada del capital, la lógica capitalista de salida de las crisis será el precio a pagar por la clase trabajadora para que se reinicie la acumulación. Tampoco las transiciones que se iniciaron después de la caída de los regímenes estalinistas estaban “indeterminadas” en sus aspectos esenciales. Ante la ausencia de una alternativa socialista el camino fue hacia una lenta “normalización” capitalista de esos países. En definitiva, la lucha de la clase obrera sólo puede cortar la lógica del capital en tanto se asuma como revolucionaria. Esta es, por otra parte, la importancia política que le dio Marx a su planteo sobre que efectivamente existen tendencias y leyes inmanentes al sistema capitalista.

En tercer lugar, y vinculado a lo anterior, se objeta que la tesis de la existencia de una lógica del capital implica afirmar que es posible predecir el futuro, y en particular las características particulares que asumirán los Estados. Pero jamás de la estructura interna de la sociedad capitalista –para cuyo estudio, como decía Marx, no es necesario escribir la historia real de las relaciones de producción- podrá deducirse la forma particular, ni menos los singulares[51]. De las tendencias generales del capitalismo no podíamos “deducir” en 1980, por ejemplo, qué formas concretas asumirían los Estados, o las relaciones entre las clases o fracciones de clases en tal o cual país. En términos filosóficos, del universal no se pueden deducir los particulares; del género mamífero no puedo deducir la existencia de la especie vaca, y mucho menos la singularidad de tal o cual vaca. Sin embargo sí debemos explicar el particular y el singular a partir del universal. Esto es, sólo partiendo de las leyes generales del capital es posible explicar por qué los Estados capitalistas, a medida que se extiende y globaliza la competencia, asumen crecientemente funciones acordes con la lógica del capital. Se puede explicar entonces por qué los modelos de “involucramiento” sueco –las plantas de Volvo en Kalmar y Uddevalla, que hicieron las delicias de los ejercicios de imaginación de los teóricos de la regulación- quedaron en el olvido a partir de 1992, cuando la patronal pudo disciplinar a la clase obrera merced a una alta tasa de desocupación, que generó la misma crisis capitalista. O explicar por qué las convergencias macroeconómicas que exigen los impulsos a la formación de mercados regionales ampliados –eslabones de la globalización del capital- “demandan” reformas profundas de los Estados, incluidas sus formas de intervención en la economía. En este sentido, por ejemplo, las privatizaciones masivas de empresas estatales de servicios públicos que ocurrieron en los últimos años se pueden explicar a partir del impulso general del capital a someter todos los renglones y rubros a lógica de la valorización y del mercado. No fueron decisivos para esto, en lo que hace al movimiento de fondo y de largo plazo, elementos contingentes o externos; o sea, no se debieron al carácter o la corrupción de tal o cual gobierno o grupo de funcionarios.

Por último, respondemos una objeción ligada a las anteriores, referida al “determinismo”, que también se ha convertido en un espantapájaros para refutar posiciones. “¿No es su postura determinista?” Pero… ¿qué hay de malo con ser determinista? Es que hay diferentes tipos de “determinismos”. Así, está el determinismo mecánico, que dice que tal hecho A produce invariable y mecánicamente tal efecto B; este tipo de determinismo tiene muy poca aplicación (o ninguna) al estudio de la sociedad. Pero existen otro tipo de determinismos, como el estadístico (o de grandes números), el teleológico y el dialéctico, que sí encuentran amplio uso. Por ejemplo, si bien es cierto que el precio de tal mercancía singular no se puede explicar mecánicamente por el tiempo de trabajo particular invertido en su producción, sí es cierto que los precios promedios del conjunto de las mercancías se explican, en sus movimientos tendenciales, por los tiempos de trabajo. Hay aquí entonces determinación de “grandes números”, o estadística, que permite establecer regularidades. En lo que respecta a determinaciones teleológicas, un ejemplo sencillo es el capital, donde el fin de la ganancia determina el movimiento. Por último el determinismo dialéctico, del cual la relación entre forma y contenido del valor nos proporciona un ejemplo. Por un lado el contenido –el trabajo humano realizado en forma privada- determina la existencia de la forma del valor; pero a su vez la forma del valor es esencial para que el trabajo adquiera la propiedad de ser trabajo “objetivado”, que es precisamente el contenido del valor. Se establece así una determinación mutua, nada mecánica, sino contradictoria, entre forma y contenido. En definitiva, ¿cuál es entonces el problema de aplicar las determinaciones científicas –que como vemos, no se reducen, ni mucho menos, al determinismo mecánico- a la teoría del Estado y su relación con el capital?

 

A modo de conclusión

 

Tratemos de sintetizar ahora nuestro planteo a partir de la experiencia reciente en lo que atañe a las políticas de los Estados.

Como ya empieza a ser cada vez más aceptado se ha generado una suerte de “convergencia” a nivel mundial de las políticas fundamentales de los Estados y sus gobiernos –sean “reaganianos”  o partidarios de la “tercera vía”- en lo que respecta a sus relaciones con el trabajo y los capitales. Desde el punto de vista de las teorías y políticas económicas “ortodoxas” esta convergencia se concreta en lo que se ha dado en llamar “el nuevo consenso” macroeconómico, o el “nuevo keynesianismo”: énfasis en el equilibrio determinado por el lado de la oferta, con una tasa “natural” de desempleo que sólo puede bajar con mayor “desregulación” de los mercados laborales; preocupación por la “credibilidad” e “independencia” de los Bancos Centrales; admisión de una cierta intervención del Estado frente a “externalidades” (algún monopolio natural, existencia de bienes públicos), pero siempre “amigable” para con los mercados; la idea de que la “globalización” exige climas favorables para la inversión extranjera, con bajos impuestos, preparación en abundancia de mano de obra entrenada, libertad de remesa de utilidades y de movimientos transfronteras de los capitales[52]. Ahora bien, ¿cómo se explica esta convergencia de las políticas estatales si no es apelando a la lógica del capital globalizado? Esto es, no se puede tratar de resultados “aleatorios”, de “creaciones libres” de la lucha de clase, repetidos sistemáticamente en todas partes. Este resultado no ha sido tampoco el producto de un enfrentamiento entre “modelos” de Estados y regímenes de acumulación a nivel mundial, sino de la manera en que operó la respuesta a la crisis de la rentabilidad del capital a partir de la década de los setenta. Esto sólo se comprende restableciendo la primacía de la lógica del capital en el análisis sobre el Estado, lógica ahora desplegada a escala mundial. De esta forma es posible entender “la razón de ser” del fenómeno; esto es, no a partir de una “causa eficiente”, como muchas veces se argumenta –sucedió lo que sucedió porque ganaron las elecciones Reagan y Tatcher- sino por la vinculación “interna” entre el fenómeno estatal y las relaciones sociales de conjunto. Así es posible comprender por qué sucede lo que señala Hirsch, a saber, que en los últimos años “el capitalismo retornó, en cierto modo a su estado natural” y que la globalización es “en todos los sentidos el resurgimiento del viejo capitalismo”[53]. El “estado natural” del capitalismo, el “viejo capitalismo”, es el capital que se despliega a través de su movimiento esencial, la valorización incesante del valor adelantado, en condiciones de competencia mundial agudizada. No es posible sustraer el análisis del Estado de esta realidad. Esta es la vía también para superar las explicaciones subjetivistas o el recurso al plano de lo meramente contingente, o indeterminado, sobre el cual no es posible levantar teoría alguna del Estado.  

 

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[1] Poulantzas (1985) p. 34.

[2] En trabajos posteriores Poulantzas advierte contra el peligro de sustantivar las instancias o niveles (económico, Estado, ideología), negando que deban concebirse sus vinculaciones como “relaciones de exterioridad”; véase Poulantzas (19991) p. 11.

[3] “El Estado posee la función principal de constituir el factor de cohesión de los niveles de una formación social” (ibidem, p. 43); es “…el factor de regulación de su equilibrio global, en cuanto sistema” (p. 44). En Poulantzas (1991) la idea del Estado como factor decisivo, imprescindible, de las relaciones de producción vuelve subrayarse; lo político tiene una presencia constitutiva en las relaciones de producción; véase p. 12 y ss.

[4] Ibidem p. 244.

[5] Un panorama sobre esta polémica puede verse en Tarcus (comp.) (1991). 

[6] Bonefeld y Holloway (1994) p. 12

[7] Un ejemplo es Hirsch, quien luego se inscribe en la reformulación. En Hirsch (1977) se observa un compromiso entre la necesidad del Estado derivada del proceso de reproducción del capital, y la lucha de clases. En lo que respecta a lo primero, Hirsch sostiene que el capital produce siempre sus propias condiciones de reproducción material, pero esto nunca se realiza de manera completa. Existen bloqueos propios de la crisis, del proceso de reproducción, de la ausencia de condiciones de la producción material o derivados del movimiento anárquico del capital. Por lo tanto son necesarias medidas para asegurar un desarrollo relativamente fluido del proceso de reproducción económica. Pero dado que la relación capitalista está en la esencia de la cuestión, implica a su vez represión de clase. “La dominación significa siempre, a la vez, represión y garantía del proceso de reproducción material”; p. 127. Por lo tanto la dinámica del Estado está determinada tanto por el movimiento del capital como por la lucha de clases. 

[8] Jessop (1974) p. 75. De todas maneras debe recordarse que en Hirsch tiene importancia determinante, para las funciones y formas del Estado, una “ley general”, la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Las particularidades de las políticas estatales estarían definidas, según Hirsch, en buena medida por la movilización de las fuerzas contra restantes a la caída de la tasa de ganancia; véase Hirsch (1994). Lo mismo puede advertirse en Poulantzas; por ejemplo Poulantzas (1977). Sin embargo en estos autores, y a diferencia de la tesis de Marx, las causas contra restantes no son un efecto de la misma dinámica del capital, sino esencialmente un resultado de una intervención del Estado. En este sentido sí se puede decir que lo “universal” de la ley de la tendencia decreciente de la ganancia es reabsorbido en la particularidad de las intervenciones, que son políticas en lo esencial.

[9] Ibídem p. 78. 

[10] “El capital no es algo externo a la lucha de clases, sino la forma histórica asumida por ésta”; Holloway (1994) p. 91. 

[11] Holloway 1993-1994 p. 3.

[12] Ibídem.

[13] Ibídem p. 4. 

[14] Ibídem p. 5.

[15] Bonefeld (1994) p. 51. 

[16] El Estado es una “forma particular de la relación del capital, entendida como una relación de lucha de clases; Holloway (1994) p. 91, énfasis añadido.

[17] Según Aglietta “los períodos de crisis son períodos de intensa creación social” y “la regulación del capitalismo ha de interpretarse como una creación social” (1979 p. 11).

[18] En respuesta a un breve debate que hemos mantenido en ocasión de la presentación de su Seminario de 1999 en Buenos Aires, John Holloway me hizo el cargo de sostener una posición de “fetichismo duro, donde el capitalismo se puede entender por el desarrollo de sus leyes objetivas”; Holloway (1999) p. 85. No sabía hasta ese momento que alguien pudiera hablar de fetichismos “duros” y fetichismos “blandos”. El fetichismo y la cosificación de las relaciones sociales implica que “el proceso de producción domina al hombre, en vez de dominar el hombre a ese proceso”; Marx (1999) t. 1 p. 99. Esto es efectivamente “muy duro”, porque las crisis capitalistas se precipitan –con su secuela de padecimientos para los seres humanos- como resultado de leyes que, a pesar de ser sociales, la sociedad no controla ni domina. Si a esta concepción Holloway le llama “fetichismo duro”, pues bien, me confieso “culpable”.

[19] Holloway (2002) p. 216.

[20] Poulantzas (1991) pp. 182-183.

[21] Ibídem pp. 242-243; énfasis agregado.

[22] Véase la crítica de Mavroudeas (1999).

[23] Leborgne y Lipietz (1994) p. 37. 

[24] Jessop (1994) p. 75.

[25] Hirsch (1997) p. 16.

[26] Ibídem p. 17.

[27] “La tendencia a crear el mercado mundial está dada directamente en la idea misma del capital”; Marx (1989) t. 1 p. 360. Hirsch, como también los autores de la ERg, han minusvalorado la importancia del mercado mundial en sus análisis del “fordismo”. Esto posibilitó teorizar sobre economías “nacionalmente” reguladas, sin preocuparse por las relaciones con el espacio mundial. Una consecuencia de esto es la idea de que el impulso a la internacionalización recién se habría concretado con el estallido de la crisis del “fordismo”. Pero desde fines de la década de los cuarenta el comercio mundial estuvo creciendo a tasas superiores al producto bruto mundial. La crisis aceleró entonces una tendencia de larga data. 

[28] Holloway (1999) p. 83.

[29] Holloway (2002) p. 303.

[30] Ibídem p. 214.

[31] En la ausencia absoluta de determinación no hay negación, pero por eso mismo tampoco puede haber creación alguna. Esto lo sabe cualquier principiante en el estudio de la dialéctica hegeliana.

[32] Dejamos anotada otra consecuencia política: Holloway plantea que “la revolución se hace al andar”. Esto es, hay que hacer la revolución aunque sin saber bien qué significa. Combinado con la idea de que “en el comienzo es el grito”, lleva a una concepción voluntarista de la praxis revolucionaria. Esto es, la idea de que es necesario comprender y analizar para transformar el mundo desaparece de la visión. Por supuesto, todas estas podrían tomarse como banalidades inocuas. Lamentablemente la cuestión no siempre se ha reducido a esto. En los años sesenta y setenta toda una generación de revolucionarios latinoamericanos pensaron que “la revolución se hace al andar”. Claro que no se quedaron en conferencias y “seminarios”, sino intentaron llevarlo a la práctica, con resultados trágicos. Lo que faltó entonces no fue “el grito del NO”, sino análisis científico de las condiciones políticas y sociales existentes.  

[33] Holloway en la revista Memoria, diciembre 2002, en www.memoria.com.mx/166/holloway.htm 

[34] Lenin (1972) p. 414.

[35] Un vívido relato de estos acontecimientos, y de lo que significó la renuncia a tomar el poder nos lo da García Oliver (1978) p. 171 y ss. 

[36] Ollman (1992) p. 90.

[37] Lo que sigue lo desarrollamos en Astarita (2004).

[38] Burnham (1996-1997) p. 8.

[39] Ibídem p. 13.

[40] Marx (1989) t. 1 p. 26.

[41] “Las relaciones de producción forman en su conjunto lo que se llaman las relaciones sociales, la sociedad…”; Marx (1975) p. 37.

[42] Marx (1989) t. 1 p. 220.

[43] Hegel (1970) p. 302.

[44] Ibídem.

[45] Véase los esquemas de reproducción en Marx (1999) t. 2, sección tercera. Es la misma generación de valor, con su equivalente en el poder de compra distribuido, la que unifica el espacio económico, sin necesidad de recurrir a la regulación de las instancias estatales, como pensó la ERg. Por supuesto otro problema es que en determinado momento ese poder de compra no se ejerza (típicamente, el capital deja de reinvertir la plusvalía) y se desate la crisis. Pero en esta visión –de Marx- la crisis es endógena a la relación capitalista. En el enfoque de la ERg y la ERf existe una desarticulación esencial de la unidad del capitalismo, que sólo puede ser superada por la intervención del Estado.

[46] Hegel (1968) p. 96.

[47] Un punto de vista similar al que aquí expresamos se puede ver en las observaciones de método que hace Ollman (1993) p. 89 y ss.

[48] Lo cual no implica que se pueda deducir de estas tendencias los desarrollos particulares y singulares del capital; sobre este problema remitimos a Astarita (2004) y Smith (1990).

[49] “…la competencia impone a cada capitalista individual, como leyes coercitivas externas, las leyes inmanentes del modo de producción capitalista. Lo constriñe a expandir continuamente su capital para conservarlo, y no es posible expandirlo sino por medio de la acumulación progresiva” Marx (1999) t. 1 pp. 731-732; corresponde a la 3ª y 4ª edición.

[50] Marx (1999) t. 1 p. 127.

[51] Por eso Marx señalaba que el método pone de relieve “los puntos en los que debe introducirse el análisis histórico”; Marx (1989) t. 1 p. 422; discutimos esta cuestión extensamente en Astarita (2004).

[52] Arestis y Sawyer (2002) para una síntesis y crítica del “nuevo consenso”. Pasados los “excesos” dogmáticos de la ofensiva neoliberal de los ochenta, el establishment académico y oficial, incluidos el Banco Mundial y el FMI hoy admiten que cierta intervención estatal o una pequeña dosis de inflación ayudan a “ajustar” los mercados.

[53] Hirsch (1999) pp. 16-17.