LA TESIS DEL CAPITAL TECNOLÓGICO: UNA CAJA VACÍA

 

Rolando Astarita

Agosto de 2009

 

La tesis del capital tecnológico, elaborada por el profesor Pablo Levin, de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, ha encontrado mucha aceptación entre alumnos de las facultades de Economía y de Ciencias Sociales, así como también en círculos del pensamiento heterodoxo de Argentina. En esencia, la tesis sostiene que en el capitalismo contemporáneo existe un tipo de capital, el “capital tecnológico”, que ha establecido un monopolio en el campo de la innovación tecnológica; y que esto le permite apropiarse de plusvalías (o ganancias) extraordinarias permanentes. Esta tesis se opone a la visión que he defendido en los últimos años –por ejemplo, en mi libro Valor, mercado mundial y globalización– que dice que la dinámica del capitalismo contemporáneo se explica si se acepta que existe una fuerte competencia en los mercados, nacionales y mundial; y que la ley del valor trabajo “a lo Marx” rige los precios y las ganancias. Este planteo otorga un rol primordial al cambio tecnológico –en línea con la tradición no sólo de Marx, sino también de Schumpeter y los neo-schumpeterianos– y a la generación de plusvalías extraordinarias por parte de los capitales más adelantados, pero niega la idea de monopolios tecnológicos más o menos permanentes.  

Dados estos enfoques tan distintos, no es de extrañar que en varias ocasiones alumnos me hayan preguntado por mis diferencias con la tesis del capital tecnológico. Muchos de ellos pasan por los cursos del profesor Levin, y por mis clases, y reciben así dos explicaciones opuestas sobre el cambio tecnológico y las ganancias extraordinarias. Y no termina de quedar claro dónde está el meollo de las diferencias entre el doctor Levin y mi postura; en especial, en lo que atañe a las diferentes concepciones metodológicas que sustentan nuestros puntos de vista. El objetivo del presente trabajo por lo tanto es hacer explícito mi crítica de la tesis del capital tecnológico. 

 

La tesis del capital tecnológico

 

En El capital tecnológico Levin distingue cuatro tipos de empresas básicas en el capitalismo contemporáneo. El primer tipo es el que llama “empresas de capital industrial indiferenciado”. Estas empresas serían, según Levin, las sobrevivientes de la estructura indiferenciada del capitalismo decimónico, y se distinguen por el control a cargo de “el padre o abuelo fundador”, que personifica el capital. Levin sostiene que se trata de una empresa “industrial arcaica”, que conserva “la capacidad latente de innovar e intermitentemente adapta y readapta con procedimientos empíricos sus prácticas y rutinas técnicas” (p. 336).

El segundo tipo de empresa la llama de “capital diferenciado reducido o simple”. Este tipo de empresa, según Levin, se ha tecnificado “y se mantiene actualizada en una malla de relaciones tecnológicas, al ritmo que le impone la competencia, y ha perdido la autonomía empírica característica de la empresa tipo I” (p. 337). Afirma que tiene una capacidad competitiva superior y que tiende a desplazar a sus competidores no diferenciados; el “abuelo fundador” ha desaparecido, y sus funciones son desempeñadas por un staff de gerentes y técnicos profesionales. La firma ahora es característicamente licenciataria de tecnología; esto es, no tiene autonomía técnica.

Refiriéndose a lo que llama el capitalismo indiferenciado, Levin sostiene que en esa “vieja estructura del capital no diferenciado” la tasa media de ganancia “cobra objetividad porque es la expresión fenoménica de una tasa de plusvalía uniforme” (p. 338). El producto es reproducible, el capitalista industrial se apropia de plusvalor produciéndolo “y lo realiza a una tasa normal porque también sus rivales tienen el mismo medio de producción y apropiación de plusvalor” (p. 339).

Sostiene también que la metamorfosis desde las empresas del tipo I al II es muy difícil. Y que a partir del proceso de desarrollo capitalista “unas pocas empresas centralizan un subsistema porque dominan con exclusividad el poder de innovación a expensas de miríadas de empresas de capital simple, que han perdido la autonomía técnica” (p. 337). Ésta parece ser entonces una diferencia esencial entre los tipos I y II, aunque más adelante Levin plantea que tampoco las empresas de tipo II pueden acceder al nivel de las de tipo III. En cualquier caso Levin plantea que ese dominio del poder de innovación es una negación parcial de la naturaleza capitalista, e incluso mercantil, de la empresa, porque se desvanece su autonomía. Sostiene también que las doctrinas y tradiciones del socialismo se formaron en la perspectiva del capital no diferenciado, pero que ahora estas doctrinas ya no tendrían aplicación, a consecuencia de la diferenciación del capital. Ahora los equipos de producción, afirma Levin, exigen mucho mantenimiento, y “el ritmo vertiginoso de la innovación técnica impone la renovación de los equipos por renovación obsolescencia y no por desgaste” (p. 338).

Caracterizados los dos primeros tipos de capital, Levin sostiene que en el capitalismo contemporáneo ha surgido una empresa de tipo III, que “ha secuestrado la habilidad esencial de la humanidad, la capacidad genérica y milenaria, de recrear y modificar las técnicas productivas” (p. 338). Explica que estamos en presencia de capital potenciado, ya que esta empresa no se apropia de una tasa de plusvalor normal. Esto se debe a que no tiene capitales competidores, porque carecen de la capacidad para ofrecer el mismo producto, o no pueden obtenerlo al mismo costo. No se trata entonces de un capital que obtenga una ganancia extraordinaria debido a la existencia de algún monopolio político, “sino que la fuente de su potencia extraordinaria de apropiación de plusvalor a una tasa superior a la media se renueva de modo permanente mediante innovaciones en procesos o en productos” (p. 339; énfasis añadido).[1]  

Según Levin, esto le permite, en primer lugar, a este tipo de capital apropiarse de más plusvalor que el que produce; en segundo término puede conferir al trabajo que explota una productividad extraordinaria; y un valor ficticio a los elementos de capital simple en los que plasma y “realiza el paradigma técnico novedoso, produce (y ‘reproduce’) el milagro de la tasa de plusvalía extraordinaria” (p. 339). El elemento decisivo y por medio del cual puede obtener esa plusvalía extraordinaria permanente es “la capacidad de re-innovar” (ídem).

Siempre de acuerdo a Levin, existen enormes vallas móviles que impiden la mutación de las empresas tipo II en empresas tipo III. En particular, son tres las economías de escala que crecen “geométricamente ilustrando la naturaleza del capital potenciado” (p. 342). Se trata del tamaño de los proyectos de I&D, que por su alto riesgo son numerosos y variados; el tamaño de las macrocarteras de macroproyectos de I&D; y la escala mínima de recursos comprometidos. Estas empresas III son las que “están en el centro del escenario”.  Y las empresas II se deben conformar con la producción de plusvalor absoluto. Además, se especializan en una rama, “incluso en un proceso u operación”, mientras que la empresa III, productora de plusvalía diferencial “recombina actividades especializadas en un espectro sectorial y geográfico diversificado” (p. 346). 

Por último estarían las empresas del tipo IV, “notablemente semejante a la empresa del tipo I”. Ambas viven una vida azarosa y precaria, pero a diferencia de esta última, que representa el pasado, la empresa IV representa el futuro. Según Levin, la empresa IV produce un bien irreproducible, carente de valor; es una condición para cierto trabajo superproductivo. Se trata de empresas cerebro-intensivas, que o bien sucumben a la competencia; o dependen de una empresa tipo III, sea como proveedor externo esporádico o permanente de tecnología; o bien es fagocitada por la empresa III.

Subrayamos que según Levin las empresas del tipo I y II producen plusvalor absoluto; la empresa III produce plusvalor diferencial, y la IV produce las condiciones diferenciadoras del capital tipo III por las que éste produce plusvalor diferencial (véase p. 345, nota).

 

Nuestra crítica

 

Nuestra principal crítica a esta tesis es que, por un lado, no le encontramos apoyo empírico, ni en la historia del desenvolvimiento del capitalismo, ni en lo que sucede en el capitalismo contemporáneo. Y por otra parte, pensamos que tiene una inconsistencia teórica fundamental.  

Empecemos por la cuestión histórica. ¿Qué quiere decir que en el siglo XIX existiera una “estructura del capitalismo indiferenciado”? ¿Por qué “indiferenciado”? La existencia de plusvalías extraordinarias está registrado por Marx en El Capital (de hecho juega un rol esencial en su tesis sobre el cambio tecnológico), y es un fenómeno que recorre toda la historia del capitalismo, por lo menos desde los orígenes de la Revolución Industrial. Levin sostiene que en el siglo XIX existía el capital indiferenciado, y para esto hace desaparecer las plusvalías extraordinarias. Pero la realidad es que el capital siempre fue “diferenciado”, porque siempre hubo empresas con mayor tecnología que el promedio, y empresas con menor tecnología que el promedio. La tesis de Marx sobre las plusvalías extraordinarias y su consecuencia, la plusvalía relativa, no es un invento especulativo, sino el reflejo teórico de este hecho. En el siglo XIX existía el cambio tecnológico intenso (relativo a aquella época) porque las empresas innovaban y esas innovaciones no estaban disponibles inmediata ni directamente para el resto de las empresas.[2] Por eso mismo también en aquella época ya se registraba el cambio tecnológico por obsolescencia tecnológica, o lo que Marx llama por desgaste “moral”. Por supuesto, se puede admitir que actualmente este ritmo de cambio tecnológico por obsolescencia se ha acelerado. Pero de ninguna manera se trata de un fenómeno nuevo. Estaba perfectamente establecido en el siglo XIX. Esto es muy conocido, y Levin no aporta ninguna prueba de que las cosas no fueran así.

Además, si se admite que en el siglo XIX existía la competencia por plusvalías extraordinarias mediante cambio tecnológico, también es equivocada la idea de Levin de que las empresas sólo obtenían plusvalía absoluta. La idea –que fue formulada por autores de la regulación como Aglietta– de que hubo alguna vez un capitalismo industrial con dominancia de la plusvalía absoluta, fue refutada con abundante evidencia empírica, y teóricamente, por Brenner y Glick (1991), sin haber recibido respuesta alguna convincente hasta el presente. 

Por otra parte tampoco es cierto que en el capitalismo que estudia Marx la tasa media de ganancia cobrase objetividad por ser “la expresión fenoménica de una tasa de plusvalía uniforme”, como afirma Levin. La tasa media de ganancia en el sistema de Marx surge del promedio de las tasas de ganancias de las diversas ramas, a partir del movimiento de los capitales que buscan lograr la más alta tasa de ganancia, en un contexto de distintas composiciones medias del capital. A su vez la hipótesis de Marx de tasas iguales de plusvalía se deriva del supuesto de la movilidad del trabajo. Sin embargo no niega la existencia de plusvalías diferenciadas al interior de las ramas, producto de las diferencias tecnológicas. Asimismo, las tasas de ganancia entre ramas, siempre según la teoría de Marx, pueden diferir durante períodos más o menos largos, según que la demanda supere a la oferta, o viceversa. Como puede comprobarse entonces, el esquema de Marx es bastante más complejo que lo se desprende de la idea del “capital “indiferenciado”.

También habría que precisar que la administración moderna de la empresa no es un fenómeno del capitalismo reciente, ya que surge en las últimas décadas del siglo XIX. Además este management moderno se extiende tanto a la empresa que está controlada por grupos familiares, como a aquellas en que la propiedad está más diseminada. En consecuencia la dirección moderna de la empresa no es un fenómeno que excluya a las empresas que están bajo el control de grupos familiares, como sostiene Levin. Era así ya a comienzos del siglo XX, y sigue siéndolo en la actualidad.

Lo anterior nos introduce en el tema de la supuesta especificidad histórica de las empresas de tipo III, de las que habla Levin, y más en general nos lleva a cuestionar la tipología de empresas que establece para el análisis del capital contemporáneo.

Por empezar, no se verifica que haya empresas especializadas en ramas que sean productoras de plusvalor absoluto (o sea, no innoven y no apelen al cambio tecnológico); ni tampoco que las empresas que están en la avanzada del cambio tecnológico se diversifiquen siempre en un amplio espectro. Como veremos en seguida a través de ejemplos, hoy todas las empresas están sometidas a la presión de innovar o morir en la lucha competitiva, estén o no concentradas en un sector. Por supuesto, pueden existir empresas –en especial en países subdesarrollados– que compensen la menor tecnología con sobreexplotación de sus obreros. Pero esto no significa que no innovan; ni que estén todas imposibilitadas de acceder a los niveles de mayor tecnología. El capitalismo contemporáneo nos ofrece ejemplos permanentes de empresas, incluso de países atrasados, que presentan batalla a las empresas más adelantadas.[3] Más en general, no es cierto que existan barreras de entrada móviles que impidan el acceso de diversos capitales a los sectores que registren mayores ganancias. Por lo cual la división entre empresas que generan plusvalía absoluta (tipo II, según Levin), y las que generan plusvalías extraordinarias permanentes (tipo III), no tiene apoyo en la realidad.

La ausencia de evidencia empírica de la tesis de Levin se puede ver con claridad cuando nos preguntamos dónde están hoy esas empresas que supuestamente obtienen plusvalías extraordinarias de manera permanente. Pero antes de ir a la evidencia empírica, expliquemos la incoherencia lógica fundamental que tiene el planteo de Levin.  

El tema es el siguiente: según Levin, las plusvalías extraordinarias del sector III están garantizadas por la imposibilidad de las empresas de tipo II de acceder al tipo III. Ya dijimos que esto no es así, y volveremos enseguida sobre esto. Pero admitamos por un momento, en aras de la argumentación, que efectivamente existan esas empresas que se conforman con plusvalía absoluta, y no acceden al tipo III. Levin reconoce que de todas maneras “la escena de la innovación está dominada por la competencia entre empresas de capital tecnológicamente potenciado” (p. 342). Pues bien, si esto es así –y lo es– no hay posibilidades de que se establezcan de manera permanente plusvalías extraordinarias. Si hay competencia dentro del llamado sector III, no puede haber plusvalías extraordinarias permanentes, porque la competencia implica que no hay tecnologías que sean monopólicas, por lo menos en el mediano plazo. De manera que la tesis de Levin es lógicamente contradictoria, incluso tomada en sus propios términos.

Pero además, lo que nos dice la teoría, a saber, que si hay competencia no puede haber plusvalías extraordinarias permanentes aun en los sectores de alta concentración del capital, nos lo muestra el estudio de la realidad. Naturalmente, si la tesis del capital tecnológico se verificara, deberíamos poder registrar algunas decenas de empresas de mucho capital (recuérdese que realizan megaproyectos, con escalas mínimas altísimas, etc.), que obtienen plusvalías (y ganancias) extraordinarias a lo largo de varias décadas (ya que tiene ganancias extraordinarias “que se renuevan permanentemente”, según Levin). Pero no podemos encontrar este tipo de empresas. Cuando analizamos casos concretos en ramas fundamentales y altamente concentradas, los datos no avalan la tesis de Levin.

Antes de pasar al estudio de casos concretos, digamos también que la valorización ficticia del capital, de la que habla Levin, no es un fenómeno nuevo, ni permanente en el capitalismo. La posibilidad de que hubiera este tipo de valorizaciones las registraba Marx en El Capital. Es que la historia del capitalismo está plagada de fenómenos de suba ficticia de los valores –que se traducen en el aumento de los precios de las acciones, y de las ratios precios/ganancias de las empresas–, seguidas de bruscas desvalorizaciones. En particular esto ha sucedido con las ramas en que se producen innovaciones. Por caso, en los ferrocarriles a mediados del siglo XIX; en las empresas de la electricidad y el cobre, hacia fines del siglo XIX; en las empresas del automóvil, a comienzos del siglo XX; y mucho más recientemente en las tecnológicas, en la década de 1990 y principios de los 2000. De manera que este último episodio no es una “novedad”. El derrumbe de las acciones de las empresas tecnológicas de comienzos de los 2000 demuestra, una vez más, que si el contenido –la generación de plusvalor– no avala a “la forma”, los precios de las acciones, éstos terminan por caer. No hay manera de sostener ratios precios/ganancias absolutamente “disparatados” en el mediano o largo plazo, si en algún momento las empresas no comienzan a rendir beneficios acordes con las expectativas del mercado. Aquí también cabe aquello que Marx decía de la acción de la ley del valor. Ésta se impone de modo irresistible en los mercados en que el capital se ha sobrevalorado ficticiamente, de la misma manera “que se impone la ley de gravedad cuando a uno se le cae la casa encima” (Marx, 1999, t. 1, p. 92). En 2000-01 no existieron las “mercancías irreproducibles”, ni las plusvalías extraordinarias permanentes, que pudieran salvar a las empresas tecnológicas de la caída. 

 

El análisis de casos relevantes no confirma la tesis de Levin

 

Todos los casos que analizamos en lo que sigue demuestran que precisamente porque hay competencia entre las grandes empresas, no hay posibilidades de que se establezcan plusvalías extraordinarias permanentes.

Por ejemplo, en la rama de construcción de los grandes aviones de pasajeros parecen cumplirse las características de las economías de escala gigantescas que Levin dice que son propias de las empresas del capital III. De hecho, los recursos implicados son tan grandes que sólo dos grandes empresas, Boeing y Airbus, pueden competir a nivel mundial en este sector. Por ejemplo, se calcula que el desarrollo del superjumbo A380 de Airbus insumió unos US$ 10.700 millones. Podría pensarse entonces que aquí se cumplen todas las condiciones para que existan esas ganancias permanentes a niveles por encima de los promedios del resto del capital. Después de todo se trata de dos empresas gigantescas, que según la visión habitual sobre el monopolio, podrían manejar a voluntad el mercado. Pero no es esto lo que sucede. Airbus y Boeing están embarcadas en lo que se ha llamado la guerra de las constructoras de aviones. Por ejemplo Boeing, que dominó el mercado durante años, sufrió el acoso creciente de Airbus; que en 2003, por primera vez, entregó más aviones que su rival. Las dos empresas invierten ingentes sumas para mantener la ventaja tecnológica sobre su rival; ambas recurren, por diferentes medios, a subsidios de los gobiernos; apelan a la subcontratación para bajar costos; y a todo tipo de presiones y maniobras para asegurarse o ampliar sus mercados. Además, ambas compañías enfrentan incertidumbres, propias de la anarquía de los mercados capitalistas. Por ejemplo, Airbus calculó que la demanda se orientaría hacia los grandes aviones –en 2005 proyectaba una demanda de 1500 unidades del A380 para los próximos 20 años–, pero en los hechos la demanda del superjumbo fue menor de la esperada y debía venderlo con descuentos del 10 al 30%; con también fueron menores las ganancias que las esperadas, por lo menos en los primeros años (véase Rogers, 2006). En el nicho de aviones un poco menores, la competencia entre el modelo 787 de la Boeing y el A350 de Airbus, a mediados de la década, era “feroz” (Rogers). Nada de esto se puede explicar con la tesis del capital tecnológico. 

Tomemos otro caso que también encaja en principio con las características de lo que Levin describe como capital tipo III, la industria farmacéutica. Se ha calculado que el desarrollo de una nueva droga insume en promedio 13 años de investigación y US$ 932 millones, sin incluir los costos de comercialización y marketing (Chessanthis 2008). Tendríamos entonces aquí de nuevo el caso de megaproyectos en I&D que posibilitarían a las corporaciones gigantescas del sector producir y reproducir las innovaciones “irreproducibles”, y obtener tasas de plusvalía diferenciadas permanentes. Pues bien, hemos tomado las tasas beneficios/activos de las cinco mayores empresas del sector en 2008, según el ranking de Fortune: Johnson y Johnson, Pfizer, Abbot, Merck y Wyeth. Las tasas oscilan entre un máximo de 16% para Merck, y 7,3% para Pfizer. Son cifras que no avalan la tesis del capital tecnológico. Hemos repetido el cálculo para estas mismas empresas para los años 1995-2007, y la conclusión no varía: nada que indique una tasa de ganancia superior a la que consiguen muchas otras empresas, incluso de países subdesarrollados.

Veamos otra rama de tecnología de avanzada, la referida a Internet y software. Microsoft sería una de las empresas características de lo que Levin llama de tipo III. Microsoft ha gozado de una clara ventaja tecnológica gracias a su sistema Windows, que todavía en la actualidad (2009) le proporciona la mitad de las ganancias, y el 14% de los ingresos totales. Sin embargo la empresa no ha podido eludir la competencia en el rubro. Por un lado por la aparición del sistema Linux, que ha sido adoptado crecientemente por grandes corporaciones y gobiernos. Por otra parte porque tampoco el sistema Windows está exento de fracasos, por lo menos temporarios, que dan lugar a avances de la competencia. Por ejemplo el sistema Windows Vista de hecho fracasó debido a problemas técnicos, lo que obligó a Microsoft a acelerar el desarrollo del Windows 7; el fracaso del Windows Vista sin embargo permitió el avance en el mercado de Apple. Si bien sigue siendo minoritaria, es indicativa de que las presiones competitivas no desaparecen. Pero más importante tal vez es que Microsoft enfrenta el peligro a largo plazo del proyecto Chrome OS, que está desarrollando Google. Y también la amenaza de una transición a versiones digitales de aplicaciones que puede poner en riesgo las ganancias en negocios de software. Todo indica entonces que no es posible afirmar que la mercancía producida por Microsoft, el sistema operativo, es “sin rival”. Por lo tanto tampoco es posible afirmar que no está sometida a la ley del mercado, esto es, a la ley del valor. A mediados de 2009 Microsoft daba a conocer decepcionantes ganancias –luego de haber anunciado la desaceleración de gastos en tecnología–, lo que se tradujo en importantes bajas del precio de la acción.

Algo similar se puede decir del sector de búsquedas de Internet. Aquí Google domina el mercado, con una participación del 65%; Yahoo tiene el 19,6% y Microsoft el 8,4% del mercado (todas cifras correspondientes a 2009). Esto es, Microsoft aquí ha quedado rezagada con respecto a Google. Pero esta última tampoco está libre de la competencia. Precisamente para hacer frente al predominio de Google, Microsoft y Yahoo acaban de formalizar una alianza, en julio de 2009. Estas empresas están invirtiendo fuertemente para mejorar las tecnologías de búsqueda y poder hacer frente a Google.[4]

Tomemos ahora otra rama de tecnología de punta, la de semiconductores, que ha desempeñado un rol clave en las nuevas tecnologías informáticas. Aquí hay grandes jugadores, como Intel y AMD, que invierten grandes sumas en innovación permanente, y que durante algunos períodos han logrado ventajas competitivas notables, y elevadas tasas de ganancias. De nuevo se trata de un sector y empresas que encajarían en la tesis del capital tecnológico. Sin embargo tampoco en este sector las empresas obtienen súper ganancias permanentes. Por lo menos desde mediados de la década de 1990, y luego del 2002, hubo fuertes presiones bajistas de precios que fueron ocasionadas no sólo por caída de costos, sino también por sobreoferta, producto de la intensa competencia que enfrentaron  las gigantes del sector. Lo que generó caídas en los márgenes de beneficio sobre ventas y en las tasas de ganancia sobre capital invertido. Es importante destacar también que a pesar de que el  ciclo tecnológico en semiconductores se hizo más rápido desde los 1990s no impidió que se produjera la sobreproducción y la crisis (véase Aizorbe et al., 2008). Las empresas más fuertes del sector se vieron imposibilitadas durante períodos más o menos largos de mantener sus mark-up habituales, y debieron resignar ganancias; el caso de Micron, dedicada a la producción de DRAMs, es ilustrativo. Si se examinan los promedios de los últimos 15 años, las ratios beneficios/ventas y beneficios/capital invertido de las empresas más fuertes del sector no han sido sistemáticamente más altos que en el resto de la economía. Esto se puede ver consultando el índice de empresas de semiconductores de Filadelfia, donde están Intel, Advanced Micro Devices, etc.

Por último, examinemos un  momento el caso de la telefonía celular. Motorola sería otro ejemplo de capital tipo III. En telefonía celular la innovación es constante, lo que obliga a invertir elevadas sumas de dinero en I&D. Hasta 2006 Motorola era el segundo productor de teléfonos celulares de EUA, pero desde entonces perdió rápidamente mercado, no sólo a manos de Nokia, que es líder, sino también de competidores menores, como Rim y Apple. Lejos de asegurarse plusvalías extraordinarias, en 2008 Motorola perdía US$ 2200 millones anuales. Las ganancias extraordinarias permanentes tampoco aquí se verifican.

Más en general, la misma conclusión sacamos cuando analizamos los rankings de ganancias de muchos otros sectores, que se publican anualmente Bussines Week o Fortune. No podemos advertir un nivel de las ganancias (márgenes, tasas sobre capital invertido) mayores y sistemáticas en los sectores de punta tecnológica que en el resto de la economía. Las tasas oscilan. Dentro de los sectores muchas empresas que durante algunos años aparecen como “imbatibles” (porque se piensa que sus economías de escala y los recursos invertidos son inigualables) con el tiempo pierden posiciones y son debilitadas por competidoras. Se trata de un fenómeno recurrente en la historia del capitalismo. Pensemos por un momento, por ejemplo, en la ventaja que tuvo Ford con respecto a su competencia, a raíz de la introducción de la línea de montaje, y el incremento colosal de productividad que logró. En la década de 1920 se ha calculado que Ford llegaba a obtener tasas de ganancias superiores al 100% del valor del capital invertido. Sin embargo esa plusvalía extraordinaria no se mantuvo en el largo plazo.

Tampoco se puede observar que en el pasado, o en la actualidad, las innovaciones no sean imitables. Las innovaciones se generalizan y esto hace que desaparezcan las plusvalías extraordinarias que obtenían algunas empresas; y que sean apropiadas por otras competidoras. Lo hemos visto en los casos anteriores, todos representativos de ramas de punta en tecnología; y en Astarita (2006) hemos presentado muchos otros ejemplos de este tipo, tomando sólo algunos pocos años de la historia del capitalismo reciente.  

 

Precisiones complementarias y otros casos empíricos

 

Un argumento que tal vez alguien podría esgrimir es que para calcular las ganancias del supuesto “capital tecnológico potenciado permanentemente” habría que realizar complicados cálculos, que sólo los expertos pueden penetrar. Al margen de que establecer la tasa de ganancia (o la ganancia sobre ingresos) tiene ambigüedades, la realidad es que la tasa de ganancia no es un fenómeno esotérico (como lo es la tasa de plusvalía). Por el contrario, la ganancia es forma de manifestación fetichizada, “en la superficie”, de la plusvalía. Esto es, se trata de una variable exotérica. Y es la tasa de ganancia tal como aparece la que toman en cuenta los capitalistas a la hora de decidir sus inversiones. Por supuesto, las teorías marxista, schumpeteriana, poskeynesiana, etc., podrán tener distintas explicaciones sobre el origen y naturaleza de la ganancia. Pero el dato en sí mismo de la tasa de ganancia, aun con oscilaciones y matices, puede observarse. Por lo tanto si las tasas de ganancias diferenciadas permanentes no se manifiestan en la superficie, la tesis central del capital tecnológico no tiene manera de sostenerse. No hay forma de “retorcer” las estadísticas y los datos para hacerles decir lo que éstos no dicen. Las tasas de ganancia se manifiestan en los balances de las empresas e indican los grados en que se valorizan los capitales. Y nada muestra que haya sectores o empresas con tasas de ganancia permanentemente más altas que el resto en el capitalismo contemporáneo.  

Por otra parte tampoco es cierto que el estar en la vanguardia tecnológica siempre requiera de sumas de dinero tales que generen barreras de entrada monopólicas infranqueables para los nuevos capitales innovadores. Los mercados de capitales de riesgo permiten a muchas empresas innovadoras nuevas lanzarse a la carrera competitiva.

Pero si además de que hay competencia de capitales en la I&D original, también la hay para la reproducción de las innovaciones, entonces no es cierto que el trabajo complejo dedicado a I&D genera bienes irreproducibles. Tampoco es cierto que los pocos bienes que no pueden ser reproducidos exactamente por la competencia anulen la competencia. El caso más típico es el de Coca Cola. Su fórmula todavía no ha sido desentrañada, y sin embargo Coca Cola no puede establecer los márgenes que le garanticen una tasa de ganancia arbitrariamente más alta que el resto; ni manejar los precios a voluntad para descargar alzas de costo, por ejemplo.

Tampoco la tesis del capital tecnológico parece cumplirse para las llamadas empresas “cerebro intensivas”. Hay que señalar, además, que éstas también necesitan inversiones fuertes de capital. Pero lo esencial es que están sometidas a la competencia; y generan mercancías con valor y plusvalía en condiciones equiparables con el resto del capital.  

Tomemos algunos ejemplos. En el campo de la biotecnología la empresa Novozymes, que tiene el 47% del mercado de EUA de enzimas industriales que se usan para detergentes y otros fines, está trabajando en procesos de absoluta vanguardia, y podría se un ejemplo de “capital tipo IV, o III”, en la clasificación de Levin. Pero Novozymes está sometida a la competencia de otras empresas medias, que también compiten en su campo, tienen capacidad de imitar tecnologías, y le presentan desafíos una y otra vez. Nada que indique que tenga asegurada una tasa de ganancia extraordinaria permanente.

Algo similar sucede en robótica. Shadow Robot de EUA, que está a la vanguardia en este campo, es una empresa de capital medio. Peratech, de Gran Bretaña, también. La sueca Husqvarna, es otro ejemplo. Por supuesto, algunas de éstas están compitiendo en este campo con Toyota y Honda, pero no necesariamente están por detrás, a pesar de ser más débiles. No se puede decir que alguna de ellas haya tenido ganancias “súper” a lo largo de años y años. En estos campos las tasas de rentabilidad oscilan mucho, porque dependen del éxito que pueda tener la invención-innovación que se pone en práctica. Por eso lo que cuenta aquí son los promedios de tasas de ganancias. Por un resultado exitoso, muchos otros fracasan y representan pérdidas de capital; por algunas empresas que triunfan, muchas otras fracasan. Los mercados de capitales de riesgo reflejan estos hechos. No se puede ver que existan de manera permanente tasas de ganancia superiores a los promedios de largo plazo del resto de la economía.

Veamos todavía el caso de las tecnologías para obtener energía del sol. Hay empresas medianas (esto es, muy lejos del poder de Exxon o Microsoft) tanto entre las que están desarrollando la tecnología basada en los paneles fotovoltaicos como los proyectos termales basados en espejos. Por ejemplo, la primera empresa capaz de implementar esta última tecnología a escala comercial fue Luz International, una empresa israelí, en la década de 1980, en California. ¿Por qué hay que pensar que se trata de mercancía irreproducible? ¿Y que por lo tanto no está sometida a las leyes del valor, como sucede con cualquier otra mercancía (aunque con sus particularidades, por supuesto)? Actualmente una de las empresas más a la vanguardia en este campo es BrightSource. Esta empresa está sometida a la competencia, tanto dentro del campo de esta tecnología, como por los desarrollos de las tecnologías fotovoltaicas, y otras que buscan energías alternativas. ¿Por qué le vamos a asignar un poder por encima del resto del capital? Y se trata de tecnologías de absoluta vanguardia. Levin dice al pasar –y no saca conclusiones de lo que afirma– que estas empresas a largo plazo “sucumben a la competencia”. Pero si esto es así, de nuevo hay que señalar que sus productos no están a salvo de la competencia.

En consecuencia, en la medida en que están sometidas a la presión de otras empresas, capaces de brindar otras soluciones tecnológicas, la competencia actúa, y por lo tanto la ley del valor trabajo.[5] Precisemos que, desde el punto de vista de la teoría del valor trabajo, el trabajo “cerebro intensivo” genera valor. Ya Marx destacaba que el ingeniero genera valor; su trabajo es trabajo complejo, y se plasma en el valor del producto. Esto no tiene por qué cambiar en la actualidad. El trabajo de un programador informático, por ejemplo, genera un valor que está corporizado en un programa que se vende en el mercado y de esta manera permite la realización de la plusvalía por parte de la empresa que lo contrata. No hay motivo para sostener que las empresas que Levin llama de tipo IV producen bienes carentes de valor.

De lo explicado antes se deduce que tampoco se verifican las diferenciaciones que ha establecido Levin entre los capitales III y IV. No es cierto que inevitablemente empresas como BrightSource o Luz International estén destinadas a ser fagocitadas por las empresas tipo III, más grandes. No se verifica tampoco que sean meramente “cerebro intensivas”, porque exigen fuertes sumas de capital. Tampoco es cierto que dependan enteramente de las empresas de tipo III como proveedoras externas, esporádicas o permanentes, de tecnología. Puede suceder o no; pero no es inevitable.

 

Competencia y ley del valor trabajo

 

La tesis del doctor Levin es una reedición de la vieja idea del predominio del capital monopolista, que fue puesta en circulación por marxistas y pensadores heterodoxos a principios del siglo XX. La idea central es que la anulación de la competencia de alguna manera impide que funcione la ley del valor trabajo y por lo tanto los precios y las ganancias pueden fijarse a niveles más o menos arbitrarios. Esto último porque no existe una ley propiamente económica de formación de precios en estos casos de mercancías bajo dominio monopólico. Por eso la matriz básica del razonamiento parte de afirmar que la competencia, entendida como guerra entre los capitales, ha desaparecido en algún sentido esencial. De ahí el empeño de Levin por afirmar que los capitales de tipo III han “expropiado” la posibilidad de misma de la innovación.

Si bien la tesis parece atractiva a primera vista, el problema es que no ha logrado demostrar que la competencia no sigue rigiendo las relaciones entre los capitales. En este respecto es necesario despejar un error frecuente en los marxistas, que es pensar que la tendencia a la concentración y centralización del capital lleva a la desaparición de la competencia y al dominio de un único monopolio, o de unos pocos grandes oligopolios, que serían capaces de manejar los precios, las ganancias y la economía más o menos a voluntad. De hecho Levin ha aplicado esta idea al cambio tecnológico.

Pero el error del planteo reside en no advertir el carácter contradictorio del desarrollo capitalista. Es que la tendencia a la concentración y centralización del capital siempre va acompañada de la tendencia contraria, a la aparición de nuevos capitales, y de nuevas fuentes de competencia. Así como crece el tamaño y la fuerza de los grandes grupos, constantemente aumenta el número de capitales individuales que se lanzan a la competencia. Asimismo, los que parecen estar consolidados en alguna rama o sector, enfrentan la amenaza permanente de la entrada de otros capitales, si las tasas de ganancia son muy altas; o que se desencadenen guerras de precios, en procura de ampliar los mercados. Este carácter contradictorio de las leyes de la acumulación capitalista es señalado por Marx precisamente cuando explica las tendencias a la concentración y centralización del capital:

El incremento del capital social se lleva a cabo a través del incremento de muchos capitales individuales. Presuponiendo que no varíen todas las circunstancias, los capitales individuales –y con ellos la concentración de los medios de producción– crecen en la proporción en que constituyen partes alícuotas del capital global social. Al propio tiempo, de los capitales originarios se desgajan ramificaciones que funcionan como nuevos capitales autónomos (….) con la acumulación del capital crece en mayor o menor medida el número de los capitalistas (Marx, 1999, t. 1, p. 777; énfasis añadido).

En lo esencial esta situación ha permanecido. Aunque la tesis del monopolio sostiene que la competencia sólo opera por diferenciación de productos, en la realidad del capitalismo contemporáneo las guerras de precios se suceden. La vieja idea de Marx logra explicar mucho mejor la realidad del capitalismo contemporáneo que las tesis sobre el monopolio, que se han venido sucediendo en sus diversas versiones, por lo menos desde Hilferding y Lenin.

La realidad de que existen fuertes y constantes presiones competitivas en todas las ramas y sectores está registrada, además, por la literatura sobre organización industrial, y también por las revistas y la prensa de los negocios. Éste es un dato significativo porque en esta literatura existe un mayor registro de lo que sucede en el capitalismo que en los abstractos modelos neoclásicos, tanto de la “competencia perfecta” como “imperfecta”. Por caso, en Porter, uno de los autores actualmente más seguidos en el tema, la vigencia de la competencia está claramente registrada. Las fuerzas de la competencia, según Porter, operan por el peligro de una nueva entrada en la rama; por la rivalidad entre empresas del sector; por la presión de productos sustitutos (ya que existe diferenciación de productos, pero los sustitutos son próximos); por el poder de regateo de los compradores; y por el poder de regateo de los proveedores. Es la combinación de estas fuerzas la que determina la intensidad de la competencia. Por otra parte la estrategia de las empresas para responder a estas presiones pasa por aumentar sus ventajas competitivas, vía reducción de costos o diferenciación; y por conseguir objetivos estratégicos, sea por dominio de áreas geográficas, de segmentos del mercado en los que colocan sus productos, etc. (véase Porter, 1998).

Lo importante para la crítica que estamos haciendo es que cualquiera de estos factores que entran en el cuadro de las presiones competitivas se aplica a los capitales que innovan, o tienen alguna ventaja en bienes diferenciados. Coca Cola, para tomar un caso que ya hemos citado, podrá tener un bien irreproducible, pero enfrenta la competencia de sustitutos cercanos; además de la presión de costos (insumos como plástico, azúcar, etc.); o la posibilidad de que la demanda se desvíe, etc. Lo mismo sucede con empresas que están innovando en sectores “de punta”. Una empresa abocada a desarrollar la energía eólica, por caso, deberá considerar los costos de las energías alternativas; o el peligro de entrada de otros capitales a su sector, etc.  

 

Breve consideración sobre otros aspectos del trabajo de Levin

 

En este escrito nos hemos centrado en lo que nos parece el aspecto medular de la tesis del capital tecnológico, y nuestras diferencias con el mismo. También apuntamos (véase el siguiente punto) una diferencia en cuanto al método de investigación y análisis. Sin embargo nuestras diferencias con Levin son más amplias de lo que indican estas breves notas. Parten del concepto mismo de valor. Dados los límites que nos hemos propuesto en este escrito, aquí sólo procuramos dejarlas señaladas como un complemento a nuestra crítica central a la tesis del capital tecnológico.

Empecemos señalando que, según Levin, la propiedad de un producto de poseer valor deriva de su carácter de bien reproducible. Textualmente sostiene:

“… un producto reproducible o multiplicable (revista o no esa forma histórica, la mercantil) presenta dos propiedades: la de ser útil y la de poseer valor. La primera, por cuanto es un bien, un algo que forma parte de la riqueza material de la sociedad…. La segunda, porque es reproducible” (p. 31).

De manera que, según Levin, el valor habría existido desde que el ser humano pudo reproducir los productos; es independiente de la forma histórica, la mercantil. Lo que equivale a afirmar que el valor es una categoría transhistórica. Levin se percata de que aquí hay un problema, y agrega que para “reconocer la naturaleza histórica de la mercancía” hay que tener en claro “en qué difiere el producto en cuanto mercancía de la mercancía en cuanto producto” (ídem). Pero ésta es una distinción que desafía cualquier lógica de los conjuntos (y de la clasificación género/especie). Es que el conjunto de los productos que son mercancías y el conjunto de las mercancías que son productos necesariamente deben coincidir en el mismo conjunto. Por eso su diferencia es el conjunto vacío. Claro que por otro lado hay productos que no son mercancías (pero no porque no se reproduzcan); y hay mercancías que no son productos del trabajo humano (por ejemplo, la tierra virgen que es apropiada). Una sencilla verdad que está establecida desde hace mucho. 

A diferencia de Levin, la concepción de valor y mercancía que defendemos es la de Marx. Aclaremos también que hasta donde alcanza nuestro conocimiento, no sabemos de ningún autor marxista actual que considere que la propiedad del valor de un bien derive de su carácter de bien reproducible. Pero para Levin la cuestión es importante porque de hecho ha desarrollado toda una crítica a la teoría marxiana del valor, que gira en torno a su idea de que Marx no habría considerado la reproducción de los bienes en el tomo 1 de El Capital.

En nuestra opinión, se trata de un falso problema. Es que Marx hace intervenir el tiempo de trabajo necesario para la reproducción cuando tiene relevancia económica. Y esto sucede principalmente cuando hay que considerar la tasa de ganancia y su relación con el valor del capital adelantado. Por eso en el tomo 3, cuando analiza la incidencia de las variaciones del capital adelantado en la tasa de ganancia, explica que el valor de las mercancías “está condicionado no por el tiempo de trabajo necesario contenido en ella misma, sino por el tiempo de trabajo socialmente necesario que se requiere para su reproducción” (Marx, 1999, t. 3, p. 177). Pero esta cuestión no tiene relevancia particular para el estudio de las condiciones que impone Marx a la producción de las mercancías, a fin de estudiar el valor y el plusvalor en el tomo 1. Es que en este primer nivel de análisis lo decisivo es el tiempo promedio de producción bajo las condiciones tecnológicas vigentes; y los cambios en esas condiciones de producción por parte de los productores individuales, en relación al promedio social. Que la crítica a Marx planteada por Levin es irrelevante se demuestra en que no es necesario cambiar el análisis sobre el valor a partir de aceptar que los tiempos de reproducción son importantes cuando se analiza la evolución de la tasa de ganancia; o para cualquier otra consideración. En tiempos más o menos recientes la escuela marxista conocida como “temporalista” introdujo esta variable como una consideración fundamental en sus análisis de la tasa de ganancia y la crisis, sin por ello verse obligada a cambiar la teoría del valor y del plusvalor explicada en el tomo 1. Más bien todo lo contrario, su análisis reafirmó la teoría marxiana del valor del primer tomo de El Capital. A medida que avanza el análisis, éste se hace más concreto; esto es, se hace más rico en determinaciones, sin que haya incoherencia lógica con lo planteado en niveles más abstractos.  

Señalemos por otra parte que Levin le hace decir a Marx cosas que éste no ha dicho, y en temas fundamentales. Por ejemplo, que la mercancía “es la forma más general del capital”. Lo que dice Marx en realidad es que “la mercancía es la forma individual de esa riqueza [se refiere a la riqueza cuando domina el modo de producción capitalista]” (Marx, 1999, t. 1, p. 43).

Basten estas breves consideraciones como botón de muestra de las diferencias que tenemos con Levin en la teoría del valor y el análisis de la mercancía.

 

Apartado sobre el método dialéctico y lo empírico, y conclusión

 

A lo largo de su libro Levin hace constantes apelaciones a la dialéctica hegeliana. Debemos confesar que muchos pasajes de El capital tecnológico nos resultan sumamente oscuros, y no estamos seguros de que tengan el sentido, dentro de la dialéctica hegeliana, que Levin les da. Doy un ejemplo. Levin afirma que “la esencia del concepto es su determinidad” (p. 121). La frase nos deja perplejos. ¿Qué quiere decir esto? Determinidad (Bestimmtheit) significa en  Hegel la forma abstracta que constituye “lo determinado en cuanto tal”.[6] Dado que todo contenido es determinado, la determinidad constituye el contenido no sólo de los conceptos, sino también de los sentimientos, intuiciones, imágenes, representaciones, fines, obligaciones y cualquier otra manifestación del pensamiento, como bien se encarga de precisar Hegel.[7] En consecuencia la afirmación de que la determinidad es la esencia del concepto, por lo menos planteado de esta manera, no parece tener mucho sentido. Y como éste, encontramos otros varios pasajes que, cuando los analizamos con cierto detenimiento, nos presentan similares problemas de interpretación.

Sin embargo, y por encima de estos puntos cuestionables, existe un aspecto de la tesis de Levin que nos parece decisivo, que consiste en la importancia del momento de lo empírico en la elaboración teórica.

Es que no basta con que haya coherencia lógica en una teoría que procura explicar la sociedad, para que sea válida. En este respecto Westphall ha subrayado con acierto esta cuestión epistemológica clave, que está en el centro del sistema hegeliano.[8] Por ejemplo, Hegel reivindica a Bacon porque éste deja de lado y repudia la filosofía escolástica, “como enemigo que era de razonar a base de abstracciones completamente remotas, cerrando los ojos a lo que se tiene delante de los ojos” (Hegel, 1977, t. 3, p. 214). Y si bien no fue el primero, la obra de Bacon, sigue Hegel, fue muy meritoria “al señalar que es necesario tener en cuenta los fenómenos naturales exteriores e interiores” (ídem).

También es reveladora la posición de Hegel con respecto a Newton. Newton planteó que la mera consistencia lógica de una alternativa a una teoría o hipótesis científica, en lo que hace a las ciencias naturales –y lo podemos extender a las sociales– no es suficiente para que tenga legitimidad cognitiva. Para que tenga legitimidad cognitiva también debe estar referida a particulares identificables en el espacio y tiempo. Como destaca Westphall (2009), Hegel acuerda con este criterio de Newton.[9]

Por supuesto, también en el sistema de Marx el momento de lo empírico es esencial. La misma estructura de El Capital lo revela. La categoría de plusvalía absoluta, por ejemplo, es constatada por la evidencia histórica de la lucha del capital por prolongar la jornada de trabajo, y de los trabajadores por limitarla. Las categorías de las plusvalías extraordinaria y relativa, vinculadas al aumento de productividad, son avaladas por los capítulos en los que Marx trata la cooperación, la manufactura y la gran industria.

Todo esto se aplica indudablemente a la tesis del capital tecnológico. No es suficiente con la argumentación dialéctica “en sí”. Aun si la argumentación no tiene fallas, para que una teoría social sea válida debe tener fundamento en la realidad. Se trata en última instancia de realismo epistemológico. Precisemos que por realismo, y siguiendo a Westphall (aunque también es la tesis materialista de Marx y Engels) entendemos que hay cosas, de cualquier tipo, que existen y tienen características en sí mismas, a pesar de lo que creamos o pensemos sobre ellas.

Pero este realismo se combina con el carácter social del conocimiento. Frente al supuesto individualista clásico con raíces en Descartes y Hume, Hegel presenta una visión social del conocimiento, sin caer por ello en el relativismo historicista.[10] Este carácter social del conocimiento se debe no sólo a que nuestras prácticas cognitivas son socialmente dependientes, y a que dependemos de evidencias que son recogidas socialmente, sino también a que nuestras teorías y creencias son un producto falible y corregible mediante el incesante escrutinio crítico y mutuo (véase Westphall, 2003, p. 112).

En resumen, somos de la idea de que una tesis social debe tener sustento en una realidad que existe por fuera de nuestros pensamientos; que la constatación empírica introduce un mecanismo corrector permanente a nuestras elaboraciones; y que las tesis que presentamos de alguna manera deben poder ser sometidas a prueba, prueba que incluye los datos recogidos y constatados socialmente.

Por lo argumentado en este escrito, sostenemos que la tesis del capital tecnológico no tiene evidencia empírica que la sustente. Estamos ante una caja vacía; una construcción formal sin contenido en la realidad

 

 

Bibliografía citada:

 

Aizcorbe, A; S. Oliner y D. Sichel (2008): “Shifting trends in semiconductor prices and the pace of technological progress: is there a link? How close?”, Business Economics, Julio, digital.

 

Astarita, R. (2006): Valor, mercado mundial y globalización, Buenos Aires, Kaikron.

 

Brenner, R. y M. Glick (1991): “The Regulation Approach: Theory and History”, New Left Review, Nº 188, pp. 45-119.

 

Ghessanthis, G. (2008): “Pharmaceutical Economics”, Business Economics, Julio, digital.

 

Hegel, G. W. F. (1999): Enciclopedia de las ciencias filosóficas, Madrid, Alianza Editorial.

 

Hegel, G. W. F. (1994): Fenomenología del espíritu, México, FCE.

 

Hegel, G. W. F. (1977): Lecciones sobre la historia de la filosofía, México, FCE.

 

Levin, P. (1997): El capital tecnológico, Buenos Aires, Catálogos.

 

Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.

 

Porter, M. E. (1998): Competitive Strategy: Techniques of Analyzing Industries and Companies, Free Press.

 

Rogers, J. (2006): “The American Boeing and the European Airbus: Competition for aviation technology and markets. A comprehensive analysis”, College of Science, Rochester Institute of Technology, en https: ridml.rit.edu/dspace/bitstream/1850/1942/7/JRogersKearse2006.pdf.

 

Smith, A. (1987): Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, México, FCE.

 

Smith, T. (1990): The Logic of Marx’s ‘Capital’. Replies to Hegelian Criticisms, New York, State University of New York.

 

Westphall, K. R. (2003): Hegel’s Epistemology. A Philosophical Introduction to the ‘Phenomenology of Spirit’, Cambridge, Hackett Publishing.

 

Westphall, K. R. (2009): “Hegel’s Phenomenical Method an Analysis of Consciousness” en Westphall (ed.) The Blackwell Guide to Hegel’s ‘Phenomenology of Spirit’, Blackwell Publishing, pp. 1-36.

 

 

 

 

  



[1] La misma idea es reafirmada poco después: “…lo propio y específico del capital tecnológicamente potenciado… es reproducir permanentemente el privilegio del innovador, idéntico, esencialmente, al de producir valor diferencial –y en consecuencia plusvalor diferencial–” (p. 348; énfasis añadido). 

[2] Por lo demás, ya Adam Smith señalaba que los secretos industriales trataban de mantenerse a fin de garantizar las ganancias  “diferenciales”. “Un tintorero que descubre un procedimiento para obtener un color determinado con materiales que cuestan la mitad de los usuales, puede, si se administra bien, disfrutar de las ventajas de su descubrimiento mientras viva… Sus ganancias extraordinarias provienen del alto precio que se paga por su labor especial” (Smith, 1987, p. 59).

[3] Que las empresas de los países atrasados innovan es un hecho ampliamente registrado. Por ejemplo en Argentina más del 80% de las empresas que son encuestadas en el marco de las Encuestas Nacionales de Innovación declaran innovar en alguna medida.

[4] Datos tomados de The Wall Street Journal Americas, edición del diario La Nación, 30/07/09.

[5] Enfaticemos una vez más: en la teoría de Marx la ley del valor rige en tanto haya competencia. “Para que las mercancías de la misma esfera de producción, de la misma índole y aproximadamente de la misma calidad se vendan a sus valores  (…) se requiere una competencia entre los productores de mercancías del mismo tipo, lo mismo que la existencia de un mercado en el cual ofrezcan conjuntamente sus mercancías” (Marx, 1999, t. 3, p. 228). 

[6] Véase la traducción y notas a cargo de Vals Plana de la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, de Hegel. 

[7] Véase Hegel (1999), Introducción.

[8] Aunque no sólo Westphall. Varios marxistas han rescatado este aspecto del pensamiento de Hegel. Véase por ejemplo Smith (1990) quien demuestra que la crítica de Marx a Hegel, porque éste habría olvidado que el punto de partida del conocimiento es el concreto representado, es equivocada. Smith sin embargo señala que Marx tuvo razón al criticar la concepción idealista de la historia de Hegel.

[9] Westphall (2009) nos ayuda a los legos en filosofía a interpretar lo esencial del difícil capítulo “Fuerza y entendimiento” de la Fenomenología del espíritu. Lo interesante es que en ese capítulo Hegel sostiene, entre otras tesis, que las fuerzas son esenciales para la materia, y por lo tanto para las sustancias físicas individuales; que las fuerzas son en lo esencial interrelaciones entre esas sustancias individuales (y entre los componentes físicos de las sustancias individuales); y que Newton había probado esto empíricamente por la ley de gravitación universal. Como destaca Westphall, lo sorprendente entonces es que de esta forma Hegel rebate el lugar común del empirismo sobre que no pueden hacerse afirmaciones acerca de las esencias que estén justificadas por métodos empíricos. 

[10] Cuestión que señala Westphall (2003).