LA TESIS DEL CAPITAL TECNOLÓGICO: UNA
CAJA VACÍA
Rolando Astarita
Agosto
de 2009
La
tesis del capital tecnológico, elaborada por el profesor Pablo Levin, de la
Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, ha
encontrado mucha aceptación entre alumnos de las facultades de Economía y de
Ciencias Sociales, así como también en círculos del pensamiento heterodoxo de
Argentina. En esencia, la tesis sostiene que en el capitalismo contemporáneo
existe un tipo de capital, el “capital tecnológico”, que ha establecido un
monopolio en el campo de la innovación tecnológica; y que esto le permite
apropiarse de plusvalías (o ganancias) extraordinarias permanentes. Esta tesis
se opone a la visión que he defendido en los últimos años –por ejemplo, en mi
libro Valor, mercado mundial y
globalización– que dice que la dinámica del capitalismo contemporáneo se
explica si se acepta que existe una fuerte competencia en los mercados,
nacionales y mundial; y que la ley del valor trabajo “a lo Marx” rige los precios
y las ganancias. Este planteo otorga un rol primordial al cambio tecnológico –en
línea con la tradición no sólo de Marx, sino también de Schumpeter y los
neo-schumpeterianos– y a la generación de plusvalías extraordinarias por parte
de los capitales más adelantados, pero niega la idea de monopolios tecnológicos
más o menos permanentes.
Dados
estos enfoques tan distintos, no es de extrañar que en varias ocasiones alumnos
me hayan preguntado por mis diferencias con la tesis del capital tecnológico. Muchos
de ellos pasan por los cursos del profesor Levin, y por mis clases, y reciben
así dos explicaciones opuestas sobre el cambio tecnológico y las ganancias
extraordinarias. Y no termina de quedar claro dónde está el meollo de las
diferencias entre el doctor Levin y mi postura; en especial, en lo que atañe a
las diferentes concepciones metodológicas que sustentan nuestros puntos de
vista. El objetivo del presente trabajo por lo tanto es hacer explícito mi crítica
de la tesis del capital tecnológico.
La tesis del capital tecnológico
En
El capital tecnológico Levin
distingue cuatro tipos de empresas básicas en el capitalismo contemporáneo. El
primer tipo es el que llama “empresas de capital industrial indiferenciado”.
Estas empresas serían, según Levin, las sobrevivientes de la estructura
indiferenciada del capitalismo decimónico, y se distinguen por el control a
cargo de “el padre o abuelo fundador”, que personifica el capital. Levin
sostiene que se trata de una empresa “industrial arcaica”, que conserva “la
capacidad latente de innovar e intermitentemente adapta y readapta con
procedimientos empíricos sus prácticas y rutinas técnicas” (p. 336).
El
segundo tipo de empresa la llama de “capital diferenciado reducido o simple”.
Este tipo de empresa, según Levin, se ha tecnificado “y se mantiene actualizada
en una malla de relaciones tecnológicas, al ritmo que le impone la competencia,
y ha perdido la autonomía empírica característica de la empresa tipo I” (p.
337). Afirma que tiene una capacidad competitiva superior y que tiende a
desplazar a sus competidores no diferenciados; el “abuelo fundador” ha
desaparecido, y sus funciones son desempeñadas por un staff de gerentes y
técnicos profesionales. La firma ahora es característicamente licenciataria de
tecnología; esto es, no tiene autonomía técnica.
Refiriéndose
a lo que llama el capitalismo indiferenciado, Levin sostiene que en esa “vieja
estructura del capital no diferenciado” la tasa media de ganancia “cobra
objetividad porque es la expresión fenoménica de una tasa de plusvalía
uniforme” (p. 338). El producto es reproducible, el capitalista industrial se
apropia de plusvalor produciéndolo “y lo realiza a una tasa normal porque
también sus rivales tienen el mismo medio de producción y apropiación de
plusvalor” (p. 339).
Sostiene
también que la metamorfosis desde las empresas del tipo I al II es muy difícil.
Y que a partir del proceso de desarrollo capitalista “unas pocas empresas centralizan
un subsistema porque dominan con exclusividad el poder de innovación a expensas
de miríadas de empresas de capital simple, que han perdido la autonomía
técnica” (p. 337). Ésta parece ser entonces una diferencia esencial entre los
tipos I y II, aunque más adelante Levin plantea que tampoco las empresas de
tipo II pueden acceder al nivel de las de tipo III. En cualquier caso Levin
plantea que ese dominio del poder de innovación es una negación parcial de la
naturaleza capitalista, e incluso mercantil, de la empresa, porque se desvanece
su autonomía. Sostiene también que las doctrinas y tradiciones del socialismo se
formaron en la perspectiva del capital no diferenciado, pero que ahora estas
doctrinas ya no tendrían aplicación, a consecuencia de la diferenciación del
capital. Ahora los equipos de producción, afirma Levin, exigen mucho
mantenimiento, y “el ritmo vertiginoso de la innovación técnica impone la
renovación de los equipos por renovación obsolescencia y no por desgaste” (p.
338).
Caracterizados
los dos primeros tipos de capital, Levin sostiene que en el capitalismo contemporáneo
ha surgido una empresa de tipo III, que “ha secuestrado la habilidad esencial
de la humanidad, la capacidad genérica y milenaria, de recrear y modificar las
técnicas productivas” (p. 338). Explica que estamos en presencia de capital
potenciado, ya que esta empresa no se apropia de una tasa de plusvalor normal.
Esto se debe a que no tiene capitales
competidores, porque carecen de la capacidad para ofrecer el mismo
producto, o no pueden obtenerlo al mismo costo. No se trata entonces de un
capital que obtenga una ganancia extraordinaria debido a la existencia de algún
monopolio político, “sino que la fuente de su potencia extraordinaria de
apropiación de plusvalor a una tasa superior a la media se renueva de modo permanente mediante innovaciones en procesos o
en productos” (p. 339; énfasis añadido).[1]
Según
Levin, esto le permite, en primer lugar, a este tipo de capital apropiarse de
más plusvalor que el que produce; en segundo término puede conferir al trabajo
que explota una productividad extraordinaria; y un valor ficticio a los
elementos de capital simple en los que plasma y “realiza el paradigma técnico
novedoso, produce (y ‘reproduce’) el milagro de la tasa de plusvalía
extraordinaria” (p. 339). El elemento decisivo y por medio del cual puede obtener
esa plusvalía extraordinaria permanente es “la capacidad de re-innovar” (ídem).
Siempre
de acuerdo a Levin, existen enormes vallas móviles que impiden la mutación de
las empresas tipo II en empresas tipo III. En particular, son tres las
economías de escala que crecen “geométricamente ilustrando la naturaleza del
capital potenciado” (p. 342). Se trata del tamaño de los proyectos de I&D,
que por su alto riesgo son numerosos y variados; el tamaño de las macrocarteras
de macroproyectos de I&D; y la escala mínima de recursos comprometidos. Estas
empresas III son las que “están en el centro del escenario”. Y las empresas II se deben conformar con la
producción de plusvalor absoluto. Además, se especializan en una rama, “incluso
en un proceso u operación”, mientras que la empresa III, productora de
plusvalía diferencial “recombina actividades especializadas en un espectro
sectorial y geográfico diversificado” (p. 346).
Por
último estarían las empresas del tipo IV, “notablemente semejante a la empresa
del tipo I”. Ambas viven una vida azarosa y precaria, pero a diferencia de esta
última, que representa el pasado, la empresa IV representa el futuro. Según
Levin, la empresa IV produce un bien irreproducible, carente de valor; es una
condición para cierto trabajo superproductivo. Se trata de empresas
cerebro-intensivas, que o bien sucumben a la competencia; o dependen de una
empresa tipo III, sea como proveedor externo esporádico o permanente de
tecnología; o bien es fagocitada por la empresa III.
Subrayamos
que según Levin las empresas del tipo I y II producen plusvalor absoluto; la
empresa III produce plusvalor diferencial, y la IV produce las condiciones
diferenciadoras del capital tipo III por las que éste produce plusvalor
diferencial (véase p. 345, nota).
Nuestra crítica
Nuestra
principal crítica a esta tesis es que, por un lado, no le encontramos apoyo
empírico, ni en la historia del desenvolvimiento del capitalismo, ni en lo que
sucede en el capitalismo contemporáneo. Y por otra parte, pensamos que tiene
una inconsistencia teórica fundamental.
Empecemos
por la cuestión histórica. ¿Qué quiere decir que en el siglo XIX existiera una
“estructura del capitalismo indiferenciado”? ¿Por qué “indiferenciado”? La
existencia de plusvalías extraordinarias está registrado por Marx en El Capital (de hecho juega un rol
esencial en su tesis sobre el cambio tecnológico), y es un fenómeno que recorre
toda la historia del capitalismo, por lo menos desde los orígenes de la
Revolución Industrial. Levin sostiene que en el siglo XIX existía el capital
indiferenciado, y para esto hace desaparecer las plusvalías extraordinarias. Pero
la realidad es que el capital siempre fue “diferenciado”, porque siempre hubo
empresas con mayor tecnología que el promedio, y empresas con menor tecnología
que el promedio. La tesis de Marx sobre las plusvalías extraordinarias y su
consecuencia, la plusvalía relativa, no es un invento especulativo, sino el
reflejo teórico de este hecho. En el siglo XIX existía el cambio tecnológico
intenso (relativo a aquella época) porque las empresas innovaban y esas
innovaciones no estaban disponibles inmediata ni directamente para el resto de
las empresas.[2] Por eso mismo también en
aquella época ya se registraba el cambio tecnológico por obsolescencia
tecnológica, o lo que Marx llama por desgaste “moral”. Por supuesto, se puede
admitir que actualmente este ritmo de cambio tecnológico por obsolescencia se
ha acelerado. Pero de ninguna manera se trata de un fenómeno nuevo. Estaba
perfectamente establecido en el siglo XIX. Esto es muy conocido, y Levin no
aporta ninguna prueba de que las cosas no fueran así.
Además,
si se admite que en el siglo XIX existía la competencia por plusvalías
extraordinarias mediante cambio tecnológico, también es equivocada la idea de
Levin de que las empresas sólo obtenían plusvalía absoluta. La idea –que fue formulada
por autores de la regulación como Aglietta– de que hubo alguna vez un
capitalismo industrial con dominancia de la plusvalía absoluta, fue refutada
con abundante evidencia empírica, y teóricamente, por Brenner y Glick (1991),
sin haber recibido respuesta alguna convincente hasta el presente.
Por
otra parte tampoco es cierto que en el capitalismo que estudia Marx la tasa
media de ganancia cobrase objetividad por ser “la expresión fenoménica de una
tasa de plusvalía uniforme”, como afirma Levin. La tasa media de ganancia en el
sistema de Marx surge del promedio de las tasas de ganancias de las diversas
ramas, a partir del movimiento de los capitales que buscan lograr la más alta
tasa de ganancia, en un contexto de distintas composiciones medias del capital.
A su vez la hipótesis de Marx de tasas iguales de plusvalía se deriva del
supuesto de la movilidad del trabajo. Sin embargo no niega la existencia de plusvalías diferenciadas al interior de las
ramas, producto de las diferencias tecnológicas. Asimismo, las tasas de
ganancia entre ramas, siempre según la teoría de Marx, pueden diferir durante
períodos más o menos largos, según que la demanda supere a la oferta, o
viceversa. Como puede comprobarse entonces, el esquema de Marx es bastante más
complejo que lo se desprende de la idea del “capital “indiferenciado”.
También
habría que precisar que la administración moderna de la empresa no es un
fenómeno del capitalismo reciente, ya que surge en las últimas décadas del
siglo XIX. Además este management moderno se extiende tanto a la empresa que
está controlada por grupos familiares, como a aquellas en que la propiedad está
más diseminada. En consecuencia la dirección moderna de la empresa no es un
fenómeno que excluya a las empresas que están bajo el control de grupos
familiares, como sostiene Levin. Era así ya a comienzos del siglo XX, y sigue
siéndolo en la actualidad.
Lo
anterior nos introduce en el tema de la supuesta especificidad histórica de las
empresas de tipo III, de las que habla Levin, y más en general nos lleva a
cuestionar la tipología de empresas que establece para el análisis del capital
contemporáneo.
Por
empezar, no se verifica que haya empresas especializadas en ramas que sean
productoras de plusvalor absoluto (o sea, no innoven y no apelen al cambio
tecnológico); ni tampoco que las empresas que están en la avanzada del cambio
tecnológico se diversifiquen siempre en un amplio espectro. Como veremos en
seguida a través de ejemplos, hoy todas las empresas están sometidas a la
presión de innovar o morir en la lucha competitiva, estén o no concentradas en un sector. Por supuesto, pueden existir
empresas –en especial en países subdesarrollados– que compensen la menor tecnología
con sobreexplotación de sus obreros. Pero esto no significa que no innovan; ni
que estén todas imposibilitadas de acceder a los niveles de mayor tecnología.
El capitalismo contemporáneo nos ofrece ejemplos permanentes de empresas,
incluso de países atrasados, que presentan batalla a las empresas más
adelantadas.[3] Más en general, no es
cierto que existan barreras de entrada móviles que impidan el acceso de
diversos capitales a los sectores que registren mayores ganancias. Por lo cual
la división entre empresas que generan plusvalía absoluta (tipo II, según
Levin), y las que generan plusvalías extraordinarias permanentes (tipo III), no
tiene apoyo en la realidad.
La
ausencia de evidencia empírica de la tesis de Levin se puede ver con claridad
cuando nos preguntamos dónde están hoy esas empresas que supuestamente obtienen
plusvalías extraordinarias de manera permanente. Pero antes de ir a la
evidencia empírica, expliquemos la incoherencia lógica fundamental que tiene el
planteo de Levin.
El
tema es el siguiente: según Levin, las plusvalías extraordinarias del sector
III están garantizadas por la imposibilidad de las empresas de tipo II de
acceder al tipo III. Ya dijimos que esto no es así, y volveremos enseguida
sobre esto. Pero admitamos por un momento, en aras de la argumentación, que
efectivamente existan esas empresas que se conforman con plusvalía absoluta, y
no acceden al tipo III. Levin reconoce que de todas maneras “la escena de la
innovación está dominada por la competencia entre empresas de capital
tecnológicamente potenciado” (p. 342). Pues bien, si esto es así –y lo es– no hay posibilidades de que se establezcan
de manera permanente plusvalías extraordinarias. Si hay competencia dentro
del llamado sector III, no puede haber plusvalías extraordinarias permanentes,
porque la competencia implica que no hay tecnologías que sean monopólicas, por
lo menos en el mediano plazo. De manera que la
tesis de Levin es lógicamente contradictoria, incluso tomada en sus propios
términos.
Pero
además, lo que nos dice la teoría, a saber, que si hay competencia no puede
haber plusvalías extraordinarias permanentes aun en los sectores de alta
concentración del capital, nos lo muestra el estudio de la realidad.
Naturalmente, si la tesis del capital tecnológico se verificara, deberíamos poder
registrar algunas decenas de empresas de mucho capital (recuérdese que realizan
megaproyectos, con escalas mínimas altísimas, etc.), que obtienen plusvalías (y
ganancias) extraordinarias a lo largo de varias décadas (ya que tiene ganancias
extraordinarias “que se renuevan permanentemente”, según Levin). Pero no podemos encontrar este tipo de empresas.
Cuando analizamos casos concretos en ramas fundamentales y altamente
concentradas, los datos no avalan la tesis de Levin.
Antes
de pasar al estudio de casos concretos, digamos también que la valorización
ficticia del capital, de la que habla Levin, no es un fenómeno nuevo, ni
permanente en el capitalismo. La posibilidad de que hubiera este tipo de
valorizaciones las registraba Marx en El
Capital. Es que la historia del capitalismo está plagada de fenómenos de
suba ficticia de los valores –que se traducen en el aumento de los precios de
las acciones, y de las ratios precios/ganancias de las empresas–, seguidas de
bruscas desvalorizaciones. En particular esto ha sucedido con las ramas en que
se producen innovaciones. Por caso, en los ferrocarriles a mediados del siglo
XIX; en las empresas de la electricidad y el cobre, hacia fines del siglo XIX;
en las empresas del automóvil, a comienzos del siglo XX; y mucho más
recientemente en las tecnológicas, en la década de 1990 y principios de los
2000. De manera que este último episodio no es una “novedad”. El derrumbe de
las acciones de las empresas tecnológicas de comienzos de los 2000 demuestra,
una vez más, que si el contenido –la generación de plusvalor– no avala a “la
forma”, los precios de las acciones, éstos terminan por caer. No hay manera de
sostener ratios precios/ganancias absolutamente “disparatados” en el mediano o
largo plazo, si en algún momento las empresas no comienzan a rendir beneficios
acordes con las expectativas del mercado. Aquí también cabe aquello que Marx
decía de la acción de la ley del valor. Ésta se impone de modo irresistible en
los mercados en que el capital se ha sobrevalorado ficticiamente, de la misma
manera “que se impone la ley de gravedad cuando a uno se le cae la casa encima”
(Marx, 1999, t. 1, p. 92). En 2000-01 no existieron las “mercancías irreproducibles”, ni las plusvalías
extraordinarias permanentes, que pudieran
salvar a las empresas tecnológicas de la caída.
El análisis de casos relevantes no confirma
la tesis de Levin
Todos
los casos que analizamos en lo que sigue demuestran que precisamente porque hay competencia entre las grandes empresas, no hay
posibilidades de que se establezcan plusvalías extraordinarias permanentes.
Por
ejemplo, en la rama de construcción de los grandes aviones de pasajeros parecen
cumplirse las características de las economías de escala gigantescas que Levin
dice que son propias de las empresas del capital III. De hecho, los recursos
implicados son tan grandes que sólo dos grandes empresas, Boeing y Airbus,
pueden competir a nivel mundial en este sector. Por ejemplo, se calcula que el
desarrollo del superjumbo A380 de Airbus insumió unos US$ 10.700 millones. Podría
pensarse entonces que aquí se cumplen todas las condiciones para que existan
esas ganancias permanentes a niveles por encima de los promedios del resto del
capital. Después de todo se trata de dos empresas gigantescas, que según la
visión habitual sobre el monopolio, podrían manejar a voluntad el mercado. Pero
no es esto lo que sucede. Airbus y Boeing están embarcadas en lo que se ha
llamado la guerra de las constructoras de aviones. Por ejemplo Boeing, que
dominó el mercado durante años, sufrió el acoso creciente de Airbus; que en
2003, por primera vez, entregó más aviones que su rival. Las dos empresas
invierten ingentes sumas para mantener la ventaja tecnológica sobre su rival;
ambas recurren, por diferentes medios, a subsidios de los gobiernos; apelan a
la subcontratación para bajar costos; y a todo tipo de presiones y maniobras
para asegurarse o ampliar sus mercados. Además, ambas compañías enfrentan
incertidumbres, propias de la anarquía de los mercados capitalistas. Por
ejemplo, Airbus calculó que la demanda se orientaría hacia los grandes aviones
–en 2005 proyectaba una demanda de 1500 unidades del A380 para los próximos 20
años–, pero en los hechos la demanda del superjumbo fue menor de la esperada y
debía venderlo con descuentos del 10 al 30%; con también fueron menores las
ganancias que las esperadas, por lo menos en los primeros años (véase Rogers,
2006). En el nicho de aviones un poco menores, la competencia entre el modelo
787 de la Boeing y el A350 de Airbus, a mediados de la década, era “feroz”
(Rogers). Nada de esto se puede explicar con la tesis del capital tecnológico.
Tomemos
otro caso que también encaja en principio con las características de lo que
Levin describe como capital tipo III, la industria farmacéutica. Se ha
calculado que el desarrollo de una nueva droga insume en promedio 13 años de
investigación y US$ 932 millones, sin incluir los costos de comercialización y
marketing (Chessanthis 2008). Tendríamos entonces aquí de nuevo el caso de megaproyectos
en I&D que posibilitarían a las corporaciones gigantescas del sector
producir y reproducir las innovaciones “irreproducibles”, y obtener tasas de
plusvalía diferenciadas permanentes. Pues bien, hemos tomado las tasas
beneficios/activos de las cinco mayores empresas del sector en 2008, según el
ranking de Fortune: Johnson y
Johnson, Pfizer, Abbot, Merck y Wyeth. Las tasas oscilan entre un máximo de 16%
para Merck, y 7,3% para Pfizer. Son cifras que no avalan la tesis del capital
tecnológico. Hemos repetido el cálculo para estas mismas empresas para los años
1995-2007, y la conclusión no varía: nada que indique una tasa de ganancia
superior a la que consiguen muchas otras empresas, incluso de países
subdesarrollados.
Veamos
otra rama de tecnología de avanzada, la referida a Internet y software.
Microsoft sería una de las empresas características de lo que Levin llama de
tipo III. Microsoft ha gozado de una clara ventaja tecnológica gracias a su
sistema Windows, que todavía en la actualidad (2009) le proporciona la mitad de
las ganancias, y el 14% de los ingresos totales. Sin embargo la empresa no ha
podido eludir la competencia en el rubro. Por un lado por la aparición del
sistema Linux, que ha sido adoptado crecientemente por grandes corporaciones y
gobiernos. Por otra parte porque tampoco el sistema Windows está exento de
fracasos, por lo menos temporarios, que dan lugar a avances de la competencia.
Por ejemplo el sistema Windows Vista de hecho fracasó debido a problemas
técnicos, lo que obligó a Microsoft a acelerar el desarrollo del Windows 7; el
fracaso del Windows Vista sin embargo permitió el avance en el mercado de
Apple. Si bien sigue siendo minoritaria, es indicativa de que las presiones
competitivas no desaparecen. Pero más importante tal vez es que Microsoft
enfrenta el peligro a largo plazo del proyecto Chrome OS, que está
desarrollando Google. Y también la amenaza de una transición a versiones
digitales de aplicaciones que puede poner en riesgo las ganancias en negocios
de software. Todo indica entonces que no es posible afirmar que la mercancía
producida por Microsoft, el sistema operativo, es “sin rival”. Por lo tanto
tampoco es posible afirmar que no está sometida a la ley del mercado, esto es,
a la ley del valor. A mediados de 2009 Microsoft daba a conocer decepcionantes
ganancias –luego de haber anunciado la desaceleración de gastos en tecnología–,
lo que se tradujo en importantes bajas del precio de la acción.
Algo
similar se puede decir del sector de búsquedas de Internet. Aquí Google domina
el mercado, con una participación del 65%; Yahoo tiene el 19,6% y Microsoft el
8,4% del mercado (todas cifras correspondientes a 2009). Esto es, Microsoft
aquí ha quedado rezagada con respecto a Google. Pero esta última tampoco está
libre de la competencia. Precisamente para hacer frente al predominio de
Google, Microsoft y Yahoo acaban de formalizar una alianza, en julio de 2009.
Estas empresas están invirtiendo fuertemente para mejorar las tecnologías de
búsqueda y poder hacer frente a Google.[4]
Tomemos
ahora otra rama de tecnología de punta, la de semiconductores, que ha
desempeñado un rol clave en las nuevas tecnologías informáticas. Aquí hay
grandes jugadores, como Intel y AMD, que invierten grandes sumas en innovación
permanente, y que durante algunos períodos han logrado ventajas competitivas
notables, y elevadas tasas de ganancias. De nuevo se trata de un sector y
empresas que encajarían en la tesis del capital tecnológico. Sin embargo tampoco
en este sector las empresas obtienen súper ganancias permanentes. Por lo menos
desde mediados de la década de 1990, y luego del 2002, hubo fuertes presiones
bajistas de precios que fueron ocasionadas no sólo por caída de costos, sino también
por sobreoferta, producto de la intensa
competencia que enfrentaron las
gigantes del sector. Lo que generó caídas en los márgenes de beneficio sobre
ventas y en las tasas de ganancia sobre capital invertido. Es importante
destacar también que a pesar de que el
ciclo tecnológico en semiconductores se hizo más rápido desde los 1990s
no impidió que se produjera la sobreproducción y la crisis (véase Aizorbe et al., 2008). Las empresas más fuertes
del sector se vieron imposibilitadas durante períodos más o menos largos de
mantener sus mark-up habituales, y
debieron resignar ganancias; el caso de Micron, dedicada a la producción de
DRAMs, es ilustrativo. Si se examinan los promedios de los últimos 15 años, las
ratios beneficios/ventas y beneficios/capital invertido de las empresas más
fuertes del sector no han sido sistemáticamente más altos que en el resto de la
economía. Esto se puede ver consultando el índice de empresas de
semiconductores de Filadelfia, donde están Intel, Advanced Micro Devices, etc.
Por
último, examinemos un momento el caso de
la telefonía celular. Motorola sería otro ejemplo de capital tipo III. En
telefonía celular la innovación es constante, lo que obliga a invertir elevadas
sumas de dinero en I&D. Hasta 2006 Motorola era el segundo productor de
teléfonos celulares de EUA, pero desde entonces perdió rápidamente mercado, no
sólo a manos de Nokia, que es líder, sino también de competidores menores, como
Rim y Apple. Lejos de asegurarse plusvalías extraordinarias, en 2008 Motorola
perdía US$ 2200 millones anuales. Las ganancias extraordinarias permanentes tampoco
aquí se verifican.
Más
en general, la misma conclusión sacamos cuando analizamos los rankings de
ganancias de muchos otros sectores, que se publican anualmente Bussines Week o Fortune. No podemos advertir un nivel de las ganancias (márgenes,
tasas sobre capital invertido) mayores y sistemáticas en los sectores de punta
tecnológica que en el resto de la economía. Las tasas oscilan. Dentro de los
sectores muchas empresas que durante algunos años aparecen como “imbatibles”
(porque se piensa que sus economías de escala y los recursos invertidos son
inigualables) con el tiempo pierden posiciones y son debilitadas por
competidoras. Se trata de un fenómeno recurrente en la historia del
capitalismo. Pensemos por un momento, por ejemplo, en la ventaja que tuvo Ford
con respecto a su competencia, a raíz de la introducción de la línea de
montaje, y el incremento colosal de productividad que logró. En la década de
1920 se ha calculado que Ford llegaba a obtener tasas de ganancias superiores
al 100% del valor del capital invertido. Sin embargo esa plusvalía
extraordinaria no se mantuvo en el largo plazo.
Tampoco
se puede observar que en el pasado, o en la actualidad, las innovaciones no sean
imitables. Las innovaciones se generalizan y esto hace que desaparezcan las
plusvalías extraordinarias que obtenían algunas empresas; y que sean apropiadas
por otras competidoras. Lo hemos visto en los casos anteriores, todos
representativos de ramas de punta en tecnología; y en Astarita (2006) hemos
presentado muchos otros ejemplos de este tipo, tomando sólo algunos pocos años
de la historia del capitalismo reciente.
Precisiones complementarias y otros casos
empíricos
Un
argumento que tal vez alguien podría esgrimir es que para calcular las
ganancias del supuesto “capital tecnológico potenciado permanentemente” habría
que realizar complicados cálculos, que sólo los expertos pueden penetrar. Al
margen de que establecer la tasa de ganancia (o la ganancia sobre ingresos)
tiene ambigüedades, la realidad es que la tasa de ganancia no es un fenómeno
esotérico (como lo es la tasa de plusvalía). Por el contrario, la ganancia es
forma de manifestación fetichizada, “en la superficie”, de la plusvalía. Esto
es, se trata de una variable exotérica. Y es la tasa de ganancia tal como aparece
la que toman en cuenta los capitalistas a la hora de decidir sus inversiones.
Por supuesto, las teorías marxista, schumpeteriana, poskeynesiana, etc., podrán
tener distintas explicaciones sobre el origen y naturaleza de la ganancia. Pero
el dato en sí mismo de la tasa de ganancia, aun con oscilaciones y matices,
puede observarse. Por lo tanto si las tasas de ganancias diferenciadas permanentes no se manifiestan en la
superficie, la tesis central del capital tecnológico no tiene manera de
sostenerse. No hay forma de “retorcer” las estadísticas y los datos para
hacerles decir lo que éstos no dicen. Las tasas de ganancia se manifiestan en
los balances de las empresas e indican los grados en que se valorizan los
capitales. Y nada muestra que haya sectores o empresas con tasas de ganancia
permanentemente más altas que el resto en el capitalismo contemporáneo.
Por otra parte tampoco es cierto que el estar en la
vanguardia tecnológica siempre requiera de sumas de dinero tales que generen barreras
de entrada monopólicas infranqueables para los nuevos capitales innovadores.
Los mercados de capitales de riesgo permiten a muchas empresas innovadoras
nuevas lanzarse a la carrera competitiva.
Pero si además de que hay competencia de
capitales en la I&D original, también la hay
para la reproducción de las innovaciones, entonces no es cierto que el trabajo complejo dedicado
a I&D genera bienes irreproducibles. Tampoco es cierto que los
pocos bienes que no pueden ser reproducidos exactamente por la competencia
anulen la competencia. El caso más típico es el de Coca Cola. Su fórmula
todavía no ha sido desentrañada, y sin embargo Coca Cola no puede establecer
los márgenes que le garanticen una tasa de ganancia arbitrariamente más alta
que el resto; ni manejar los precios a voluntad para descargar alzas de costo,
por ejemplo.
Tampoco
la tesis del capital tecnológico parece cumplirse para las llamadas empresas
“cerebro intensivas”. Hay que señalar, además, que éstas también necesitan
inversiones fuertes de capital. Pero lo esencial es que están sometidas a la
competencia; y generan mercancías con valor y plusvalía en condiciones
equiparables con el resto del capital.
Tomemos
algunos ejemplos. En el campo de la biotecnología la empresa Novozymes, que tiene el 47%
del mercado de EUA de enzimas industriales que se usan para detergentes y otros
fines, está trabajando en procesos de absoluta vanguardia, y podría se un
ejemplo de “capital tipo IV, o III”, en la clasificación de Levin. Pero
Novozymes está sometida a la competencia de otras empresas medias, que también
compiten en su campo, tienen capacidad de imitar tecnologías, y le presentan
desafíos una y otra vez. Nada que indique que tenga asegurada una tasa de
ganancia extraordinaria permanente.
Algo similar sucede en robótica. Shadow Robot de
EUA, que está a la vanguardia en este campo, es una empresa de capital medio.
Peratech, de Gran Bretaña, también. La sueca Husqvarna, es otro ejemplo. Por
supuesto, algunas de éstas están compitiendo en este campo con Toyota y Honda,
pero no necesariamente están por detrás, a pesar de ser más débiles. No se
puede decir que alguna de ellas haya tenido ganancias “súper” a lo largo de
años y años. En estos campos las tasas de rentabilidad oscilan mucho, porque
dependen del éxito que pueda tener la invención-innovación que se pone en
práctica. Por eso lo que cuenta aquí son los promedios de tasas de ganancias.
Por un resultado exitoso, muchos otros fracasan y representan pérdidas de
capital; por algunas empresas que triunfan, muchas otras fracasan. Los mercados
de capitales de riesgo reflejan estos hechos. No se puede ver que existan de
manera permanente tasas de ganancia superiores a los promedios de largo plazo
del resto de la economía.
Veamos
todavía el caso de las tecnologías para obtener energía del sol. Hay empresas medianas (esto
es, muy lejos del poder de Exxon o Microsoft) tanto entre las que están
desarrollando la tecnología basada en los paneles fotovoltaicos como los
proyectos termales basados en espejos. Por ejemplo, la primera empresa capaz de
implementar esta última tecnología a escala comercial fue Luz International,
una empresa israelí, en la década de 1980, en California. ¿Por qué hay que
pensar que se trata de mercancía irreproducible? ¿Y que por lo
tanto no está sometida a las leyes del valor, como sucede con cualquier otra
mercancía (aunque con sus particularidades, por supuesto)? Actualmente una
de las empresas más a la vanguardia en este campo es BrightSource. Esta
empresa está sometida a la competencia, tanto dentro del campo de esta
tecnología, como por los desarrollos de las tecnologías fotovoltaicas, y
otras que buscan energías alternativas. ¿Por qué le vamos a asignar un
poder por encima del resto del capital? Y se trata de tecnologías de absoluta
vanguardia. Levin dice al pasar –y no saca conclusiones de lo que afirma– que
estas empresas a largo plazo “sucumben a la competencia”. Pero si esto es así,
de nuevo hay que señalar que sus productos no están a salvo de la competencia.
En consecuencia, en la medida en que están sometidas
a la presión de otras empresas, capaces de brindar otras soluciones
tecnológicas, la competencia actúa, y por lo tanto la ley del valor trabajo.[5]
Precisemos que, desde el punto de vista de la teoría del valor trabajo, el
trabajo “cerebro intensivo” genera valor. Ya Marx destacaba que el ingeniero
genera valor; su trabajo es trabajo complejo, y se plasma en el valor del
producto. Esto no tiene por qué cambiar en la actualidad. El trabajo de un
programador informático, por ejemplo, genera un valor que está corporizado en
un programa que se vende en el mercado y de esta manera permite la realización
de la plusvalía por parte de la empresa que lo contrata. No hay motivo para
sostener que las empresas que Levin llama
de tipo IV producen bienes carentes de valor.
De lo explicado antes se deduce que tampoco se
verifican las diferenciaciones que ha establecido Levin entre los capitales III
y IV. No es cierto que inevitablemente empresas como BrightSource o Luz
International estén destinadas a ser fagocitadas por las empresas tipo III, más
grandes. No se verifica tampoco que sean meramente “cerebro intensivas”, porque
exigen fuertes sumas de capital. Tampoco es cierto que dependan enteramente de
las empresas de tipo III como proveedoras externas, esporádicas o permanentes,
de tecnología. Puede suceder o no; pero no es inevitable.
Competencia y
ley del valor trabajo
La tesis del doctor Levin es una reedición de la
vieja idea del predominio del capital monopolista, que fue puesta en
circulación por marxistas y pensadores heterodoxos a principios del siglo XX.
La idea central es que la anulación de la competencia de alguna manera impide
que funcione la ley del valor trabajo y por lo tanto los precios y las
ganancias pueden fijarse a niveles más o menos arbitrarios. Esto último porque
no existe una ley propiamente económica de formación de precios en estos casos
de mercancías bajo dominio monopólico. Por eso la matriz básica del
razonamiento parte de afirmar que la competencia, entendida como guerra entre
los capitales, ha desaparecido en algún sentido esencial. De ahí el empeño de
Levin por afirmar que los capitales de tipo III han “expropiado” la posibilidad
de misma de la innovación.
Si bien la tesis parece atractiva a primera vista, el
problema es que no ha logrado demostrar que la competencia no sigue rigiendo
las relaciones entre los capitales. En este respecto es necesario despejar un
error frecuente en los marxistas, que es pensar que la tendencia a la
concentración y centralización del capital lleva a la desaparición de la
competencia y al dominio de un único monopolio, o de unos pocos grandes
oligopolios, que serían capaces de manejar los precios, las ganancias y la
economía más o menos a voluntad. De hecho Levin ha aplicado esta idea al cambio
tecnológico.
Pero el error del planteo reside en no advertir el
carácter contradictorio del desarrollo capitalista. Es que la tendencia a la
concentración y centralización del capital siempre va acompañada de la
tendencia contraria, a la aparición de nuevos capitales, y de nuevas fuentes de
competencia. Así como crece el tamaño y la fuerza de los grandes grupos,
constantemente aumenta el número de capitales individuales que se lanzan a la
competencia. Asimismo, los que parecen estar consolidados en alguna rama o sector,
enfrentan la amenaza permanente de la entrada de otros capitales, si las tasas
de ganancia son muy altas; o que se desencadenen guerras de precios, en procura
de ampliar los mercados. Este carácter contradictorio de las leyes de la
acumulación capitalista es señalado por Marx precisamente cuando explica las
tendencias a la concentración y centralización del capital:
El incremento del capital social se lleva a cabo a
través del incremento de muchos capitales individuales. Presuponiendo que no
varíen todas las circunstancias, los capitales individuales –y con ellos la
concentración de los medios de producción– crecen en la proporción en que
constituyen partes alícuotas del capital global social. Al propio tiempo, de
los capitales originarios se desgajan ramificaciones que funcionan como nuevos
capitales autónomos (….) con la acumulación del capital crece en mayor o menor
medida el número de los capitalistas (Marx, 1999, t. 1, p. 777; énfasis
añadido).
En lo esencial esta situación ha permanecido.
Aunque la tesis del monopolio sostiene que la competencia sólo opera por diferenciación
de productos, en la realidad del capitalismo contemporáneo las guerras de
precios se suceden. La vieja idea de Marx logra explicar mucho mejor la
realidad del capitalismo contemporáneo que las tesis sobre el monopolio, que se
han venido sucediendo en sus diversas versiones, por lo menos desde Hilferding
y Lenin.
La realidad de que existen fuertes y constantes
presiones competitivas en todas las ramas y sectores está registrada, además, por
la literatura sobre organización industrial, y también por las revistas y la
prensa de los negocios. Éste es un dato significativo porque en esta literatura
existe un mayor registro de lo que sucede en el capitalismo que en los
abstractos modelos neoclásicos, tanto de la “competencia perfecta” como
“imperfecta”. Por caso, en Porter, uno de los autores actualmente más seguidos
en el tema, la vigencia de la competencia está claramente registrada. Las
fuerzas de la competencia, según Porter, operan por el peligro de una nueva
entrada en la rama; por la rivalidad entre empresas del sector; por la presión
de productos sustitutos (ya que existe diferenciación de productos, pero los
sustitutos son próximos); por el poder de regateo de los compradores; y por el
poder de regateo de los proveedores. Es la combinación de estas fuerzas la que
determina la intensidad de la competencia. Por otra parte la estrategia de las
empresas para responder a estas presiones pasa por aumentar sus ventajas
competitivas, vía reducción de costos o diferenciación; y por conseguir
objetivos estratégicos, sea por dominio de áreas geográficas, de segmentos del
mercado en los que colocan sus productos, etc. (véase Porter, 1998).
Lo importante para la crítica que estamos haciendo
es que cualquiera de estos factores que entran en el cuadro de las presiones
competitivas se aplica a los capitales que innovan, o tienen alguna ventaja en
bienes diferenciados. Coca Cola, para tomar un caso que ya hemos citado, podrá
tener un bien irreproducible, pero enfrenta la competencia de sustitutos
cercanos; además de la presión de costos (insumos como plástico, azúcar, etc.);
o la posibilidad de que la demanda se desvíe, etc. Lo mismo sucede con empresas
que están innovando en sectores “de punta”. Una empresa abocada a desarrollar
la energía eólica, por caso, deberá considerar los costos de las energías
alternativas; o el peligro de entrada de otros capitales a su sector, etc.
Breve
consideración sobre otros aspectos del trabajo de Levin
En
este escrito nos hemos centrado en lo que nos parece el aspecto medular de la
tesis del capital tecnológico, y nuestras diferencias con el mismo. También
apuntamos (véase el siguiente punto) una diferencia en cuanto al método de
investigación y análisis. Sin embargo nuestras diferencias con Levin son más
amplias de lo que indican estas breves notas. Parten del concepto mismo de
valor. Dados los límites que nos hemos propuesto en este escrito, aquí sólo
procuramos dejarlas señaladas como un complemento a nuestra crítica central a
la tesis del capital tecnológico.
Empecemos
señalando que, según Levin, la propiedad de un producto de poseer valor deriva
de su carácter de bien reproducible. Textualmente sostiene:
“…
un producto reproducible o multiplicable (revista o no esa forma histórica, la
mercantil) presenta dos propiedades: la de ser útil y la de poseer valor. La
primera, por cuanto es un bien, un algo que forma parte de la riqueza material
de la sociedad…. La segunda, porque es reproducible” (p. 31).
De
manera que, según Levin, el valor habría existido desde que el ser humano pudo
reproducir los productos; es independiente de la forma histórica, la mercantil.
Lo que equivale a afirmar que el valor es una categoría transhistórica. Levin
se percata de que aquí hay un problema, y agrega que para “reconocer la
naturaleza histórica de la mercancía” hay que tener en claro “en qué difiere el
producto en cuanto mercancía de la mercancía en cuanto producto” (ídem). Pero
ésta es una distinción que desafía cualquier lógica de los conjuntos (y de la
clasificación género/especie). Es que el conjunto de los productos que son
mercancías y el conjunto de las mercancías que son productos necesariamente
deben coincidir en el mismo conjunto. Por eso su diferencia es el conjunto vacío.
Claro que por otro lado hay productos que no son mercancías (pero no porque no
se reproduzcan); y hay mercancías que no son productos del trabajo humano (por
ejemplo, la tierra virgen que es apropiada). Una sencilla verdad que está
establecida desde hace mucho.
A
diferencia de Levin, la concepción de valor y mercancía que defendemos es la de
Marx. Aclaremos también que hasta donde alcanza nuestro conocimiento, no
sabemos de ningún autor marxista actual que considere que la propiedad del
valor de un bien derive de su carácter de bien reproducible. Pero para Levin la
cuestión es importante porque de hecho ha desarrollado toda una crítica a la
teoría marxiana del valor, que gira en torno a su idea de que Marx no habría
considerado la reproducción de los bienes en el tomo 1 de El Capital.
En
nuestra opinión, se trata de un falso problema. Es que Marx hace intervenir el
tiempo de trabajo necesario para la reproducción cuando tiene relevancia
económica. Y esto sucede principalmente cuando hay que considerar la tasa de
ganancia y su relación con el valor del capital adelantado. Por eso en el tomo
3, cuando analiza la incidencia de las variaciones del capital adelantado en la
tasa de ganancia, explica que el valor de las mercancías “está condicionado no
por el tiempo de trabajo necesario contenido en ella misma, sino por el tiempo
de trabajo socialmente necesario que se requiere para su reproducción” (Marx,
1999, t. 3, p. 177). Pero esta cuestión no tiene relevancia particular para el
estudio de las condiciones que impone Marx a la producción de las mercancías, a
fin de estudiar el valor y el plusvalor en el tomo 1. Es que en este primer
nivel de análisis lo decisivo es el tiempo promedio de producción bajo las
condiciones tecnológicas vigentes; y los cambios en esas condiciones de
producción por parte de los productores individuales, en relación al promedio
social. Que la crítica a Marx planteada por Levin es irrelevante se demuestra
en que no es necesario cambiar el análisis sobre el valor a partir de aceptar
que los tiempos de reproducción son importantes cuando se analiza la evolución
de la tasa de ganancia; o para cualquier otra consideración. En tiempos más o
menos recientes la escuela marxista conocida como “temporalista” introdujo esta
variable como una consideración fundamental en sus análisis de la tasa de
ganancia y la crisis, sin por ello verse obligada a cambiar la teoría del valor
y del plusvalor explicada en el tomo 1. Más bien todo lo contrario, su análisis
reafirmó la teoría marxiana del valor del primer tomo de El Capital. A medida que avanza el análisis, éste se hace más
concreto; esto es, se hace más rico en determinaciones, sin que haya
incoherencia lógica con lo planteado en niveles más abstractos.
Señalemos
por otra parte que Levin le hace decir a Marx cosas que éste no ha dicho, y en
temas fundamentales. Por ejemplo, que la mercancía “es la forma más general del
capital”. Lo que dice Marx en realidad es que “la mercancía es la forma
individual de esa riqueza [se refiere a la riqueza cuando domina el modo de
producción capitalista]” (Marx, 1999, t. 1, p. 43).
Basten
estas breves consideraciones como botón de muestra de las diferencias que
tenemos con Levin en la teoría del valor y el análisis de la mercancía.
Apartado
sobre el método dialéctico y lo empírico, y conclusión
A lo largo de su libro Levin hace constantes
apelaciones a la dialéctica hegeliana. Debemos confesar que muchos pasajes de El capital tecnológico nos resultan
sumamente oscuros, y no estamos seguros de que tengan el sentido, dentro de la
dialéctica hegeliana, que Levin les da. Doy un ejemplo. Levin afirma que “la
esencia del concepto es su determinidad” (p. 121). La frase nos deja perplejos.
¿Qué quiere decir esto? Determinidad (Bestimmtheit)
significa en Hegel la forma abstracta
que constituye “lo determinado en cuanto tal”.[6]
Dado que todo contenido es determinado, la determinidad constituye el contenido
no sólo de los conceptos, sino también de los sentimientos, intuiciones,
imágenes, representaciones, fines, obligaciones y cualquier otra manifestación
del pensamiento, como bien se encarga de precisar Hegel.[7]
En consecuencia la afirmación de que la determinidad es la esencia del
concepto, por lo menos planteado de esta manera, no parece tener mucho sentido.
Y como éste, encontramos otros varios pasajes que, cuando los analizamos con
cierto detenimiento, nos presentan similares problemas de interpretación.
Sin embargo, y por encima de estos puntos cuestionables,
existe un aspecto de la tesis de Levin que nos parece decisivo, que consiste en
la importancia del momento de lo empírico en la elaboración teórica.
Es que no basta con que haya coherencia lógica en
una teoría que procura explicar la sociedad, para que sea válida. En este
respecto Westphall ha subrayado con acierto esta cuestión epistemológica clave,
que está en el centro del sistema hegeliano.[8]
Por ejemplo, Hegel reivindica a Bacon porque éste deja de lado y repudia la
filosofía escolástica, “como enemigo que era de razonar a base de abstracciones
completamente remotas, cerrando los ojos a lo que se tiene delante de los ojos”
(Hegel, 1977, t. 3, p. 214). Y si bien no fue el primero, la obra de Bacon,
sigue Hegel, fue muy meritoria “al señalar que es necesario tener en cuenta los
fenómenos naturales exteriores e interiores” (ídem).
También es reveladora la posición de Hegel con
respecto a Newton. Newton planteó que la mera consistencia lógica de una
alternativa a una teoría o hipótesis científica, en lo que hace a las ciencias
naturales –y lo podemos extender a las sociales– no es suficiente para que
tenga legitimidad cognitiva. Para que tenga legitimidad cognitiva también debe estar referida a particulares
identificables en el espacio y tiempo. Como destaca Westphall (2009), Hegel
acuerda con este criterio de Newton.[9]
Por supuesto, también en el sistema de Marx el
momento de lo empírico es esencial. La misma estructura de El Capital lo revela. La categoría de plusvalía absoluta, por
ejemplo, es constatada por la evidencia histórica de la lucha del capital por
prolongar la jornada de trabajo, y de los trabajadores por limitarla. Las
categorías de las plusvalías extraordinaria y relativa, vinculadas al aumento
de productividad, son avaladas por los capítulos en los que Marx trata la
cooperación, la manufactura y la gran industria.
Todo esto se aplica indudablemente a la tesis del
capital tecnológico. No es suficiente con la argumentación dialéctica “en sí”.
Aun si la argumentación no tiene fallas, para que una teoría social sea válida
debe tener fundamento en la realidad. Se trata en última instancia de realismo
epistemológico. Precisemos que por realismo, y siguiendo a Westphall (aunque
también es la tesis materialista de Marx y Engels) entendemos que hay cosas, de
cualquier tipo, que existen y tienen características en sí mismas, a pesar de
lo que creamos o pensemos sobre ellas.
Pero este realismo se combina con el carácter
social del conocimiento. Frente al supuesto individualista clásico con raíces
en Descartes y Hume, Hegel presenta una visión social del conocimiento, sin caer por ello en el relativismo
historicista.[10] Este
carácter social del conocimiento se debe no sólo a que nuestras prácticas
cognitivas son socialmente dependientes, y a que dependemos de evidencias que
son recogidas socialmente, sino también a que nuestras teorías y creencias son
un producto falible y corregible mediante el incesante escrutinio crítico y
mutuo (véase Westphall, 2003, p. 112).
En resumen, somos de la idea de que una tesis
social debe tener sustento en una realidad que existe por fuera de nuestros
pensamientos; que la constatación empírica introduce un mecanismo corrector
permanente a nuestras elaboraciones; y que las tesis que presentamos de alguna
manera deben poder ser sometidas a prueba, prueba que incluye los datos
recogidos y constatados socialmente.
Por lo argumentado en este escrito, sostenemos que la
tesis del capital tecnológico no tiene evidencia empírica que la sustente.
Estamos ante una caja vacía; una construcción formal sin contenido en la
realidad
Bibliografía citada:
Aizcorbe,
A; S. Oliner y D. Sichel (2008): “Shifting trends in semiconductor prices
and the pace of technological progress: is there a link? How close?”, Business
Economics, Julio, digital.
Astarita,
R. (2006): Valor, mercado mundial y
globalización, Buenos Aires, Kaikron.
Brenner, R. y M. Glick (1991):
“The Regulation Approach: Theory and History”, New Left Review, Nº 188, pp. 45-119.
Ghessanthis, G. (2008): “Pharmaceutical
Economics”, Business Economics, Julio,
digital.
Hegel,
G. W. F. (1999): Enciclopedia de las
ciencias filosóficas, Madrid, Alianza Editorial.
Hegel,
G. W. F. (1994): Fenomenología del
espíritu, México, FCE.
Hegel,
G. W. F. (1977): Lecciones sobre la
historia de la filosofía, México, FCE.
Levin,
P. (1997): El capital tecnológico,
Buenos Aires, Catálogos.
Marx,
K. (1999): El Capital, México, Siglo
XXI.
Porter, M. E. (1998): Competitive Strategy: Techniques of
Analyzing Industries and Companies, Free Press.
Rogers, J. (2006): “The
American Boeing and the European Airbus: Competition for aviation technology
and markets. A comprehensive analysis”, College of Science, Rochester Institute
of Technology, en https:
ridml.rit.edu/dspace/bitstream/1850/1942/7/JRogersKearse2006.pdf.
Smith,
A. (1987): Investigación sobre la
naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, México, FCE.
Smith, T. (1990): The Logic of Marx’s ‘Capital’. Replies to
Hegelian Criticisms,
Westphall, K. R. (2003): Hegel’s Epistemology. A Philosophical
Introduction to the ‘Phenomenology of Spirit’,
Westphall, K. R. (2009):
“Hegel’s Phenomenical Method an Analysis of Consciousness” en Westphall (ed.) The Blackwell Guide to Hegel’s ‘Phenomenology
of Spirit’, Blackwell Publishing, pp. 1-36.
[1] La misma idea es reafirmada poco después: “…lo propio y específico del capital tecnológicamente potenciado… es reproducir permanentemente el privilegio del innovador, idéntico, esencialmente, al de producir valor diferencial –y en consecuencia plusvalor diferencial–” (p. 348; énfasis añadido).
[2] Por lo demás, ya Adam Smith señalaba que los secretos industriales trataban de mantenerse a fin de garantizar las ganancias “diferenciales”. “Un tintorero que descubre un procedimiento para obtener un color determinado con materiales que cuestan la mitad de los usuales, puede, si se administra bien, disfrutar de las ventajas de su descubrimiento mientras viva… Sus ganancias extraordinarias provienen del alto precio que se paga por su labor especial” (Smith, 1987, p. 59).
[3] Que las empresas de los países atrasados innovan es un hecho ampliamente registrado. Por ejemplo en Argentina más del 80% de las empresas que son encuestadas en el marco de las Encuestas Nacionales de Innovación declaran innovar en alguna medida.
[4] Datos tomados de The Wall Street Journal Americas,
edición del diario La Nación,
30/07/09.
[5] Enfaticemos una vez más: en la teoría de Marx la ley del valor rige en tanto haya competencia. “Para que las mercancías de la misma esfera de producción, de la misma índole y aproximadamente de la misma calidad se vendan a sus valores (…) se requiere una competencia entre los productores de mercancías del mismo tipo, lo mismo que la existencia de un mercado en el cual ofrezcan conjuntamente sus mercancías” (Marx, 1999, t. 3, p. 228).
[6] Véase la traducción y notas a cargo de Vals Plana de la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, de Hegel.
[7] Véase Hegel (1999), Introducción.
[8] Aunque no sólo Westphall. Varios marxistas han rescatado este aspecto del pensamiento de Hegel. Véase por ejemplo Smith (1990) quien demuestra que la crítica de Marx a Hegel, porque éste habría olvidado que el punto de partida del conocimiento es el concreto representado, es equivocada. Smith sin embargo señala que Marx tuvo razón al criticar la concepción idealista de la historia de Hegel.
[9] Westphall (2009) nos ayuda a los legos en filosofía a interpretar lo esencial del difícil capítulo “Fuerza y entendimiento” de la Fenomenología del espíritu. Lo interesante es que en ese capítulo Hegel sostiene, entre otras tesis, que las fuerzas son esenciales para la materia, y por lo tanto para las sustancias físicas individuales; que las fuerzas son en lo esencial interrelaciones entre esas sustancias individuales (y entre los componentes físicos de las sustancias individuales); y que Newton había probado esto empíricamente por la ley de gravitación universal. Como destaca Westphall, lo sorprendente entonces es que de esta forma Hegel rebate el lugar común del empirismo sobre que no pueden hacerse afirmaciones acerca de las esencias que estén justificadas por métodos empíricos.
[10] Cuestión que señala Westphall (2003).